Rostro y Palabra

Aprendiendo a Vivir

11 febrero 2026

Fernando García

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Jesús es el rostro y la palabra del Dios vivo. Es el momento de dar un testimonio creíble de que merece la pena creer en Él. Ese será el camino donde podemos encontrarnos quienes buscamos a Dios.

La Oreja de Van Gogh regresó estas navidades a los escenarios subida a esa ola de la espiritualidad que lleva a explorar el ámbito religioso en las canciones: “Allí donde muere el orgullo, hoy nace la fe. Yo creo en Dios a mi manera”, cantaba Amaia Montero en la canción que el grupo donostiarra estrenaba en la gala de Nochevieja.

En estos meses hay quienes han interpretado este regreso de lo religioso en el ámbito cultural como una moda o como una consecuencia del hastío de una sociedad que busca espiritualidad ante un desencanto vital. Para otros, lejos de una vuelta del Dios personal que el cristianismo nos ha transmitido, estamos ante el resquebrajamiento del muro del anticlericalismo que hacía que cualquier postulado religioso generase inmediatamente rechazo y oposición. Ese muro aún no se ha derribado porque hay planteamientos ideológicos a un lado y al otro del mismo, interesados en poner parches a las grietas que se van produciendo para que no se venga abajo.

Nueva sensibilidad

Sea como fuere es bienvenida una nueva sensibilidad espiritual que nos permite a los cristianos decir también que creemos en Dios a nuestra manera. Una manera que es muy especial porque se ha ido construyendo a lo largo de siglos de historia y porque no depende de los sentimientos subjetivos de quien vive en el aquí y el ahora de su tiempo.

Creemos que el Dios omnipotente, misterioso e invisible, en un momento dado de la historia, se hizo “rostro y palabra” humana. El rostro tierno e indefenso de un bebé que nació en Belén y el rostro desfigurado de un condenado a muerte en Jerusalén. El rostro y la palabra de Jesús de Nazaret, que es el rostro y la palabra en quien lo desconocido se vuelve comprensible, el amor se hace experiencia concreta y Dios se convierte en presencia cercana y en compañero de camino para el ser humano.

Este momento que estamos viviendo es una oportunidad para que volvamos al evangelio en su sencillez, y allí descubramos el rostro y la palabra de Dios que nos habla en Jesús con sus parábolas, enseñanzas sobre el sentido de la existencia, mandamientos sobre el perdón, el amor al prójimo y la sencillez y humildad de vida que contrasta con el orgullo, la soberbia y los juicios y críticas a los demás. Efectivamente, esta sociedad necesita a Dios y lo tenemos al alcance de la mano si contemplamos la vida con los ojos de Jesús, la pensamos con sus criterios y la sentimos con su corazón.

Es cierto que la historia nos enseña cómo los cristianos hemos tenido que aprender de nuestros errores. La fe en Jesús se afianzó con las herejías de los primeros siglos y, también, superando el deísmo ilustrado y el ateísmo decimonónico. Se purificó alejándose de esa simbiosis con el poder que desnaturaliza al evangelio y corrompe su esencia. Tal vez por todo este bagaje histórico haya personas que huyen de lo institucional y necesitan creer en Dios a su manera. Es el momento de volver al evangelio, de volver a Jesús que pasó por la vida haciendo el bien y curando a los oprimidos por el mal porque Dios estaba con Él.

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