Es tiempo de elecciones y debates, más centrados sus candidatos en atacar que en construir y proponer. En el lenguaje de Cupido, diríamos que es una relación complicada, una tensión nunca resuelta. Decimos que las instituciones pasan y las personas permanecen. O así debería ser, aunque el rodillo institucional a veces aplaste a las personas, incluso a la propia verdad.
Toda gran intuición espiritual nace de un grito de la realidad. En el origen de las grandes obras que han transformado la historia humana no hay manuales de gestión, ni organigramas perfectos, ni presupuestos equilibrados; hay, sencillamente, un corazón que se conmueve ante el dolor del prójimo. Sin embargo, la realidad puede ser muy distinta; la necesidad de organizarse puede terminar devorando el mismo espíritu que la vio nacer. Desde una clave profundamente salesiana, se nos invita a sacudirnos los maquillajes formales y mirar de frente la verdad de nuestras vivencias comunitarias, eclesiales y sociales. Exige reconocer sin miedo que, en demasiadas ocasiones, las estructuras institucionales no están a la altura de la dignidad sagrada de las personas que las componen, convirtiendo lo que debía ser un hogar de acogida en una fría maquinaria de mantenimiento.
Para entender el pulso de esta tensión es necesario remontarse al origen del carisma salesiano. Don Bosco no concibió su misión buscando una mitra ni trazando planes estratégicos; nació en el taller de los sueños juveniles, en la calle, en los arrabales de Turín y, sobre todo, en aquel primer patio de Valdocco donde los muchachos no eran cifras ni estadísticas, sino rostros con nombre propio, historias de heridas abiertas y un potencial infinito de bondad.
Me asombra ver cómo hoy corremos el riesgo de tranquilizar nuestras conciencias, escudados en formularios que – por cierto – diseñan, corrigen y valoran los mismos que son evaluados. Creo que quienes hacen esto, olvidan que la gente vive en la calle y conoce la realidad que ellos evalúan sesgadamente.
En el corazón de la espiritualidad salesiana, la persona ocupa el centro absoluto de gravedad. No hay causa más alta, ni norma más sagrada, ni proyecto más evangélico que el bienestar integral y la salvación -entendida en su sentido más amplio- de cada muchacho, de cada hermano, de cada persona que cruza nuestro camino. La famosa premisa de que «basta que seáis jóvenes para que os ame con toda mi alma» altera cualquier lógica institucional basada en el mérito, el cargo o la utilidad funcional.
Sin embargo, el tiempo pasa, las obras crecen, los edificios nos ocupan ellos a nosotros y la gestión se impone. Es ahí donde surge la tentación permanente: la institución, creada originalmente como un medio al servicio de la misión, corre el peligro de convertirse en un fin en sí misma. Y en algunos casos, en obstáculo para salvaguardar el sentido por la que fue creada.
La historia nos muestra con dolorosa frecuencia cómo las organizaciones eclesiales, religiosas o civiles se enredan en sí mismas. Se debate sobre la conservación de colegios, sobre la optimización de recursos, sobre normativas de calidad y protocolos burocráticos, mientras se desangra lo esencial: el cuidado de las personas. Se multiplican las reuniones, los papeles y las exigencias de rendimiento, pero se olvida a los destinatarios últimos de nuestra existencia.
En este engranaje, la persona corre el riesgo de ser una pieza de recambio, un recurso útil para sostener el sistema o, peor aún, un sujeto sometido a la lupa implacable de la sospecha cuando se atreve a pensar de forma diferente o a priorizar la autenticidad evangélica por encima del aplauso corporativo.
A veces, el sistema premia la docilidad por encima de la creatividad, el silencio cómplice por encima de la profecía, y la uniformidad por encima de la riqueza de los dones personales. Se consolidan dinámicas donde el poder y los cargos se convierten en escaparates de vanidades, olvidando que toda autoridad en clave evangélica no es otra cosa que un servicio humilde, una oportunidad para hacer crecer al otro. Cuando la institución olvida esto, se aleja dramáticamente del espíritu de Don Bosco, quien prefería arriesgarlo todo por sus muchachos antes que someterse a la rigidez de los formalismos estériles.
Don Bosco mismo experimentó la incomprensión de propios y extraños, las zancadillas de quienes veían en su audacia un peligro para el orden establecido. Pero sabía que el secreto de la verdadera fecundidad no residía en el respaldo de los despachos, sino en la profundidad del vínculo humano, en la familiaridad, en la cercanía del “buen pastor” que conoce a sus ovejas por su nombre y camina con ellas en el barro de la historia cotidiana.
Cuando las grandes instituciones fallan, se alejan de la realidad y se enredan en sus propias batallas de poder o supervivencia, queda siempre un espacio irrenunciable de libertad y gracia: lo local, lo pequeño, lo auténtico. La vida verdaderamente significativa se sostiene desde la trinchera hermosa del día a día. Es en el encuentro cara a cara, en la sonrisa compartida, en la escucha atenta, en el acompañamiento paciente de los jóvenes donde el carisma resucita con toda su fuerza. Es preciso aprender a relativizar lo accesorio para custodiar celosamente lo esencial. Las estructuras pasan, los cargos se desvanecen, los honores mundanos se disipan como humo, pero el bien hecho a una persona, la huella de amor dejada en un corazón permanece para siempre.
Al final de los días, cuando bajemos el telón de este hermoso y complejo teatro de la vida, no se nos juzgará por cuántas reglas cumplimos o cuántos organigramas sostuvimos, sino por cuánto amamos, cuánta alegría supimos contagiar y cómo fuimos capaces de cuidar la dignidad sagrada de cada persona que Dios puso en nuestro camino.




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