Día 4: Catequista aquilino y sorprendente

De andar y pensar   |   Paco de Coro

25 enero 2019

Los genuinos no son repetidores sino creadores. Quieren abolir un mundo desgastado decaído– para llevar una vida diferente, presidida por un amplio espectro moral de posibilidades.

            Es 1841. Un joven sacerdote predica con ímpetu en el púlpito de San Francisco de Asís de Turín. Junto a un altar lateral, despatarrados en las gradas de la balaustrada, duermen unos muchachos albañiles, apoyados los unos sobre las espaldas de los otros.

            Hete aquí que Don Bosco cruza por la iglesia y toca a uno de ellos por los hombros. Todos se despiertan apurados. Él les sonríe. En voz baja pregunta:

¿Por qué dormís, chicos?

-No entendemos nada de nada, barbota el mayor.

-Ese cura no habla para nosotros- añade el vecino.

-Venid conmigo, chicos.

Y de puntillas, les lleva a la sacristía. “Eran Carlos Buzzetti, Joaquín Garibaldi, Germán Casalegno”, recordará conmovido el santo a sus primeros salesianos.

            A la sacristía de San Francisco llegan Bartolomé Garelli y sus amigos. A la sacristía llegan Miguel Rua y los suyos. Don Bosco ofrece ejemplos, narraciones, diálogos. Humor, sentimiento, ironía, ternura, vigor, reflejan sin dificultades la realidad de sus sermones. La palabra de Don Bosco capta la impresión de la vida haciendo aflorar todo a la superficie, utilizando a veces la superficialidad, pero su palabra fluye por la historia en colaboración con la vida.

            La palabra de Don Bosco. Color, calor, sorpresa aquilina, “de águila”. Oralidad. Una oralidad que contiene todos los logros de la “palabra de honor”, y que intenta describir, si describir lo existente –frente a la tradición cultural escolástica– que es una exigencia de ser.

            La palabra de Don Bosco es eso, exigencia de ser.

            Lo existente (frente a la esencia) es múltiple, caótico, complejo, contradictorio. Es decir, Don Bosco trata en última instancia, de describir ese caos–concreto que es el mundo, la sociedad, la vida individual y colectiva. Y así y así, el santo se construye un lenguaje ajeno no sólo a los modos sociales de su entorno, sino también ajeno a los modos de comunicación verbal de sus espacios sociales.

-Habla para nosotros –dicen los chicos de Turín.

            El cura “que habla para los chicos” evoluciona hacia una expresión substantiva en la que alienta la experiencia íntima, el sentimiento de solidaridad con los hombres y mujeres de carne y hueso.

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