Esta fotografía nos coloca en medio de una obra destinada a transformar un barrio entero. A un lado hay ladrillos apilados, vigas de madera, montones de arena y restos de materiales que hablan del trabajo diario. Al fondo, unos muros recién levantados —todavía desnudos, apenas insinuando un arco— anuncian el nacimiento de un futuro edificio. Y allí, entre el polvo y el ruido, aparece la figura de don Antonio Torm, vestido con sotana y apoyado en una viga como quien sostiene no sólo una estructura, sino un sueño. Su presencia, pequeña frente a la magnitud del proyecto en construcción, transmite serenidad, determinación y una fe más firme que los propios cimientos.
La imagen, realizada el 12 de abril de 1927, no retrata a un simple supervisor de obra: muestra a un constructor de futuro. Un hombre que entendió que levantar una iglesia era también levantar un hogar para un barrio que apenas empezaba a existir. Aquel templo —la iglesia de Nuestra Señora del Rosario— es hoy la parroquia salesiana San Francisco de Sales, corazón espiritual de Salesianos Estrecho en Madrid desde hace casi un siglo.
Cuando don Antonio llegó a Madrid desde Barcelona, la presencia salesiana en la capital era todavía joven y frágil. Él se convirtió en uno de sus grandes impulsores: no sólo por la fundación de Estrecho, sino también por su papel en el inicio de otras obras, como la del Paseo de Extremadura. Desde su responsabilidad como secretario en la casa inspectorial de Atocha, trabajó para que los salesianos llegaran a nuevos barrios y respondieran a nuevas necesidades. Para ello se apoyó en jóvenes salesianos del estudiantado teológico de Carabanchel, entre ellos don Modesto Bellido, quien más tarde sería clave en la consolidación de la presencia salesiana en España y en la continuidad de la obra misionera salesiana. Aquella alianza —un fundador visionario junto a una generación joven y entusiasta— permitió que la semilla salesiana echara raíces en Madrid.
En este camino, una ayuda providencial resultó decisiva: la de los duques de T’Serclaes, especialmente de Rosario -la duquesa-, cuya generosidad y confianza dieron el primer impulso real a la fundación. Su apoyo abrió puertas, animó a otros benefactores y dio credibilidad a un proyecto que, sin ellos, habría tardado mucho más en despegar. A partir de ahí, comenzó una auténtica aventura épica. El 1 de enero de 1922 abrió el oratorio con diecisiete niños. En 1926, los reyes Alfonso XIII y Victoria Eugenia colocaron la primera piedra del templo. Y durante años, don Antonio recorrió a pie el barrio y Madrid, escribiendo cartas, organizando rifas, pidiendo donativos y sosteniendo la construcción De la Iglesia con una fe inquebrantable. Cada ladrillo era una limosna; cada metro levantado, una victoria de la esperanza.
En 1929, la crisis económica mundial estuvo a punto de paralizar la construcción. Don Antonio solicitó un préstamo para poder cubrir la iglesia; el inspector lo denegó y tuvo que intervenir directamente el Rector Mayor desde Roma. Gracias a ello, la cúpula se cerró y las vidrieras se instalaron, permitiendo comenzar a funcionar el templo.
La inauguración, en 1931, tuvo que reducirse a una sencilla bendición con las puertas cerradas debido al clima revolucionario y anticlerical del momento. No hubo campanas ni prensa. Muy distinto a la fiesta de la colocación de la primera piedra, pero para él fue suficiente. Porque lo que pocas veces se dice —y esta fotografía ayuda a comprender— es que don Antonio Torm levantó la iglesia de Estrecho en uno de los peores momentos históricos para hacerlo.
El 14 de abril de 1931, con la proclamación de la Segunda República, se abrió un periodo de fuertes tensiones sociales y políticas. En mayo estalló una oleada de incendios de iglesias y conventos en varias ciudades. En ese contexto, el colegio de Estrecho sufrió incluso un intento de asalto por parte de grupos anarquistas, que pudo ser evitado gracias a los antiguos alumnos.
La legislación de la época, marcada por un clima abiertamente anticlerical, prohibía a las congregaciones religiosas poseer propiedades. Eso significaba que cualquier templo, escuela u obra salesiana podía ser clausurada de un día para otro. Construir una iglesia en ese contexto era, sencillamente, una locura. Pero don Antonio no se detuvo.
Para proteger la obra y garantizar su futuro, él y sus colaboradores idearon una solución jurídica tan audaz como necesaria: crear una sociedad civil, completamente laica, que pudiera ser titular legal de la propiedad. Así nació “El Progreso Urbano”, una entidad que permitió continuar las obras sin vulnerar la ley y que salvó el proyecto de un fracaso seguro. Gracias a esta fórmula, la iglesia pudo seguir adelante incluso cuando el ambiente político era hostil y las restricciones crecían. Fue un acto de inteligencia, prudencia y fe práctica: la fe de quien no se resigna a perder lo que Dios le ha pedido construir.
La situación se agravó con el estallido de la Guerra Civil. La tarde del 19 de julio de 1936, el colegio sufrió el asalto definitivo. El edificio fue incautado, la comunidad expulsada y convertido en cuartel del 5.º Regimiento de milicias comunistas. El proyecto que don Antonio había levantado con tanto esfuerzo quedó frenado de golpe. La persecución religiosa de los años 30 golpeó con dureza a la familia salesiana. Varios salesianos de Madrid —jóvenes, generosos, fieles— entregaron su vida por Cristo. Su sangre mártir abonó espiritualmente la obra que don Antonio había construido con tanto sacrificio.
Por eso, la finalización de la iglesia de Estrecho no puede entenderse sólo como el fin de una construcción: fue el final de una etapa en la historia salesiana y el comienzo de otra, más profunda, más probada y más fecunda. Una etapa en la que el carisma salesiano en Madrid alcanzó su madurez, sostenido por la fe de sus fundadores y por el testimonio extremo de sus mártires.
Esta fotografía no es solo un documento histórico: es una lección viva. Nos recuerda que las grandes obras no nacen de presupuestos abundantes ni de condiciones ideales, sino de la perseverancia humilde, del trabajo diario y de la fe que no se rinde.
Don Antonio Torm fue constructor de templos, sí, pero sobre todo constructor de esperanza. Supo ver en un solar vacío la posibilidad de un hogar material y espiritual. Supo creer cuando no había recursos. Supo confiar cuando todo parecía detenerse, haciendo posible lo imposible.
Su figura, en medio de la obra, nos invita a comprender que la esperanza también se construye: ladrillo a ladrillo, gesto a gesto, vida a vida.
DATOS IMAGEN:
Archivo Comunidad Salesiana de Estrecho.
CENTRO PATRIMONIO SALESIANO SSM




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