¿Dónde los muertos?

La naranja mecánica del virus no entiende de amor

Es necesario quitar la muerte del escenario principal.

¿Y?

Hacerla invisible.

¿Entonces?

Hay que eliminar sin escrúpulos ni vacilación a todo el que no piense como nosotros.

¿No habrá muertos?

No habrá muertos. La muerte sin muertos.

¿Cómo será una muerte sin muertos?

No habrá comitivas. No habrá entierros. Nada de funerales. No doblarán las campanas. Nuestro secreto, a ojos vistas, es crear un clima de incertidumbre permanente. De incordio. De amenaza. Patentar y hasta hacer exportable una fórmula contagiosa de desquiciar la sociedad hasta que nada se parezca a nada.

¡Bueno, ya escampará!

¡Que te crees tú eso!

Y como no habrá muertos, si alguien habla de muertos, el mundo no se lo creerá. La gente no se lo creerá.

Porque, además, el mundo nos apoyará. Porque, además, la gente nos apoyará. El mundo qué importa. La gente qué importa. Todo, todo el orbe cristiano de Occidente qué importa. La civilización ¡qué civilización!

La Historia no lo contará.

El verdadero cementerio es la memoria. Ahí os guardo, ahí os acuno, ahí os celebro y también, ¿por qué no? Ahí os envidio.

¿Tú, envidias? Ahora me explico porque te ocupas tanto en el sector del espectáculo. O sea que envidias. Tal es tu triunfo. Vaya triunfo.

He alterado las viejas costumbres respetables de la cultura, la sociedad, la religión (que las hay), en favor del “progreso”, en favor de vuestro progreso. Así podéis abriros paso en el borrascoso mundo actual.

Desde que se te ocurrió hacer del poder un plató de televisión no has defraudado ni un solo día, poniendo en riesgo lo que haga falta, que es, en definitiva, casi todo.

Oye, ¿y cómo es eso de que la memoria es el verdadero cementerio?

Amigo Paco, lo hemos perimetrado todo, también la memoria.

Usas términos de la pandemia –perimetrado–. Estamos viendo que ésta avanza con pasos de gigante. ¿No estarás al acecho para usarla en tu propio beneficio expansivo? Oye, ¿no serás tú un mediocre más de esos que conviven con sus modales amadamados, bajo el ardor de la vergüenza ajena?

Mira, ya no hace falta moverse fuera del cauce. Muévete por nuestra memoria, pausada, pautada, clavada a nuestros canales de televisión y emisoras de radio, ronca de eslóganes retadores e invasivos, pero mágicos.

Pareces estar convencido de que no hay nada más fecundo para el poder que la paranoia.

Pelillos a la mar, hombre, el circo es grandioso.

Sí, pero las consecuencias imprevisibles.

El secreto, Paco, es crear un clima de vejación. De matonismo. De vergüenza ajena. De desquiciamiento. Vive, vive, de nuestras realidades virtuales o reales, oye, donde el discurso balístico se frota con lejía a cada instante.

Ahí va mi acorde becqueriano, sin guitarra, Gran Hermano:

“El amor es el origen fecundo de todo lo grande, el principio eterno de todo lo bello: y digo el amor porque la religión, nuestra religión sobre todo, es amor también, es el amor más puro, más hermoso, el inicio infinito que se conoce, y sólo a estos dos astros de la inteligencia puede volverse el hombre, cuando desea luz que alumbre en su camino, inspiración que fecunde su vena estéril y fatigada” (Gustavo Adolfo Bécquer, dixit).

El imperio funeral de la covid no entiende de amor.

“Dios es amor”, murmuro.

Cuando el ángel exterminador se demoró en tu cuarto en primavera redescubriste la vulnerabilidad esencial de la vejez, de tu vejez. ¿Viste a Dios? ¿Tocaste a Dios? ¿Sentiste a Dios?

Sólo, sólo, quería morir.

Lo ves, la covid no sabe de amor.

– Entonces, Gran Hermano, nuestra vida extirpada de esa primera causa del amor es una herida que no cesa de sangrar. La historia de tu cultura es de serie negra– añado.

La historia de la cultura es de serie negra, hombre, toda. Tenéis un punto flaco los hombres que confundís con fortaleza. La vanidad. La naranja mecánica del coronavirus no entiende de amor.

En la aparente calma, salpicada de manifestaciones, Madrid es hoy una caldera que come fuego. ¿Pero tú te crees que se puede olvidar a setenta mil ciudadanos muertos por la pandemia?

Pero, ¿quién dice que han muerto?

Las estadísticas.

¿Las estadísticas? ¿Y qué son las estadísticas?

Ya sé que no es fácil avanzar en la verdad.

Las estadísticas las hacemos nosotros.

¿Y?

Pues eso. Hay que privar de peso anímico y de nombre, ¿a los difuntos? Trocándolos en abstracciones. Así, así, una abstracción distrae, nunca conmueve.

Setenta mil abstracciones, cien mil abstracciones.

La única realidad la dicta la imagen.

¿Intentáis sellar el pasado, legalizar la impunidad, mediante una ley, no escrita, de Punto Final? ¿Necesitáis la cobertura de un país triste?

Del progreso dicen: “Hasta una patada en el culo es un paso adelante”. Luego…

Luego difundís un vocabulario falso como cobertura. Los poderes hacen cosas así, Gran Hermano, y corresponde a los escritores, por esquinados que estén, restituir el nombre de las cosas.

Y allá voy.

Amigo Javier, cierro los ojos y me adormezco unos minutos, porque no sé rezar como mi madre me enseñó.

Las llanuras de la Alta Alcarria están inmóviles, el aire apenas movido por unas mariposas negras. Es una tierra sordomuda. Camino entre los campos de lavanda, pasando de Brihuega a Pastrana, amontonando en mi cabeza las historias individuales hasta de mis amigos de generación: Julián Sevilla, Luis Leceta, Antonio Rebollo, Daniel Batanero, Antonio Sánchez, Milagritos Acero, Titina Balaguer, Juan Santos, Trini García, Vicente del Pozo, Angelines Moreno, Julián Guijarro, Mariángeles Prieto…

¿El nombre de Dios debe permanecer en el embalaje del silencio?

No, hombre, ni muchísimo menos.

Son miles de millones los que no han arrojado ni arrojaran nunca a las ortigas televisivas la antigua fe de nuestros padres. No es sobre los héroes manipulados, sino sobre los testigos de una fe milenaria donde se funda el honor de un pueblo.

La naranja mecánica del virus volvió a andar en víspera de Difuntos y no deja de pararse cuando nuevas restricciones engrasan la rueda dentada del aburrimiento, el nihilismo o la falta de esperanzas.

Quien forma parte de una historia está enredado en su interior. Escribirla es para mí como calzarme zapatos de tacón de aguja y caminar por el empedrado de las cuatro fuentecillas dieciochescas de la Plaza Murillo. Tengo que avanzar despacio, muy despacio, me balanceo y no sólo me canso rápido, sino que tengo que sentarme en cualquier banco a mano, so pena de caerme. Sé que me tengo que interrumpir con demasiada frecuencia. Osea.

El imperio funeral de la covid no entiende de amor. Hasta los amores de candado en el Puente de Segovia y en las verjas del Retiro han desaparecido.

“Dios es amor”.

Pero tanta salud prometida en un mundo tan enfermo genera frustración.

Quiero regresar a los cielos de mi infancia y alcanzar la vida con mis ojos de niño en Casbas de Huesca, donde la muerte verdadera vencía a la carne, a la pena y a la ceniza.

Quiero adensarme en el amor lento y sosegado de mi madre Nieves, el del “Dios te ve, hijo. Él es la primera causa que rige el universo”. Con sus dedos, mi madre rozaba los dedos del cielo y de allí descolgaba mi catecismo piadoso, entre las paginitas del Ripalda, Astete o Pío X.

¿Dónde están los muertos de la covid?

¿Dónde los herbazales de muertos sepultados bajo mantos de víboras?

Quiero escuchar la música callada de la pérdida externa de mi madre, el de sus apretadas manos y los largos paseos por Calle de Atocha, Paseo del Prado hasta la iglesia de Medinaceli, la Paloma, o las Carboneras.

Una conspiración de estúpidos perversos fue robándonos esas muertes al tiempo en que sucedían. No es la menor de las heridas de esta pandemia esa espesa chapa de plomo que nos robó a los muertos. Y nos quiso dejar sin alma. Pero en vano. El delirio de unos higienistas nunca podrá tapar la verdad. Y “donde está la verdad, está Dios” (San Agustín).

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