Los Leceta

Dña. Trinidad Julia García

Yélamos de Arriba

Querida señora Trini:

Me alegraré que al recibo de ésta se encuentre Vd. bien, yo bien gracias a Dios.

Por la presente quiero recordarle que el que firma esta carta no se ha olvidado de Vd. y la tiene presente en sus oraciones. Resulta señora Trini que “la construcción del futuro “es una de las más atosigantes ocupaciones del hombre de hoy. Entre planificar el futuro (¡qué osadía!) y rememorar el pasado se nos pasa casi todo el tiempo.

Nos dejó usted hace ya tres años y yo creo que es el momento de escuchar la fuente que mana y corre.

Recuerdo perfectamente el día que me invitó a comer por primera vez en su casa, en el edificio Leceta, en el piso 8º. “Que dice mi madre que vengas ya a comer”. Y sin atajos y sin urgencias allá que me presenté un buen día. Sería el primer día de una ininterrumpida relación que sobrepasaría ya el tiempo y el espacio. “Don Paco, he puesto las copas de Bohemia…”. “No debería usted molestarse”, le dije. “Además, tráteme de tú, como sus chicos…”. “No, no y no. Para mí, siempre será Vd. Dn. Paco”. “Pues brindemos por la señora Trini, el señor Don Luis y Don Paco y ¡claro! Por los tres chicos: Luis, José Manuel y JuanRa”.

A veces el destino, burlón casi siempre, se divierte emparejando iguales, fenómenos iguales. Nosotros, usted, Luis padre y yo, fuimos niños educadísimos, naciéramos donde naciéramos, tan serios y adultos como sólo pueden serlo los niños que han sufrido una guerra, una posguerra, o simplemente han sufrido.

Y llegó la boda de Luis con Rosa. Se llenó la parroquia de San Ginés con el tumulto de sus ansias y sus esperanzas y sus afectos. Seguro que los dos sintieron que algo se removía dentro de ellos, algo niño y fiero. Fue el obcecado empuje de la vida, la loca y patética esperanza levantando de nuevo la cabeza y fueron llegando Nacho y Guille, que yo tuve el gusto de “cristianar”, en Santiago, esa preciosa iglesia conventual de las clarisas de la Guadalajara renacentista.

Después la de Jóse con Kremena Gancheva, en el Real Monasterio de San Bartolomé de Lupiana, donde nació el germen de la Orden de San Jerónimo. Bum. Estalló la sentida ceremonia. Los padres, los hermanos, los amigos, los familiares, las cuñadas: todos callaron y os miraron con ojos redondos, ojos escrutadores, ojos cariñosos. Y llegó Marina, la encantadora y bullebulle Marina, que yo bauticé en la parroquia de Nuestra Señora de la Zarza, en Yélamos de Arriba, o de Suso. Recuerdo que a usted, Trini y a Luis, su marido, se les caía la baba, mientras lanzaban a su nieta una deslumbrante sonrisa transida de amor.

Y, en fin, la de JuanRa con Gema, en la Iglesia Colegiata de Pastrana, construida por los caballeros calatravos nada menos que en el siglo XIII, en honor de la Asunción de María. Llevaba yo, señora Trini, por entonces una vida muy asendereada, pero en aquella misa “rociera” de bodas, de repente, me reconcilié otra vez con la vida. El mundo volvía a estar lleno de cosas interesantes y la mirada captaba mil matices. Todavía más cuando llegaron Marta y César, a quienes “bauticé” en nuestra parroquia de Santo Domingo Savio, en Madrid.

Querida señora Trini, hoy y aquí, el pensamiento lo acaricia todo sin detenerse en nada, sólo en Vd. que me guardó con tanto mimo en sus casas de Yélamos y de Guada “el cuarto de Don Paco”, que coincidía muchas veces con el de sus nietos, es decir, el lugar más privilegiado. Y aquí la botellita de agua para la noche, y la servilleta ¡ah! Y unas rosquillitas. “Las hemos hecho entre la Carmen, la Benita, la Bernarda. “¡Ay, Trini, la Carmen! ¿Te acuerdas de aquella nieta tan preciosa, con sus dos tirabuzones que la llevaba su abuela?”. “¿Y las rosquillas, que el señor obispo se chupaba los dedos?

Empiezo a escuchar hoy un claro campaneo dentro del oído, un tañido por cada latido del corazón, repetitivo y molesto. Fue en clínica Moncloa de Madrid. Ocupo en la UCI el box 9. “¿Oye el 9 vive todavía?”. Oigo a una enfermera. ¡Pero si yo soy el 9! Levanto la cabeza y las campanadas se hacen menos audibles, pero ahora que ya las he advertido sigo percibiéndolas por ahí dentro, en los flujos de mi sangre, en el rítmico bombeo. Me dejo caer sobre la almohada y el tañido arrecia, retumbando en el interior de mi cráneo. Me asusto, pero qué está pasando. “Don Paco –es la voz de Trini– a curarse a mi pueblo. Y llegaron las tortillas de patata y los macarrones y la miel sobre el pan blanco y el alaju. Oiga, señora Trini, que Luis también lo hace y el otro día ¡zas! me obsequió con dos/dos alajues.

Como ve usted he aprovechado bien el papel hasta el final. Dé usted saludos también a los míos. Espero que hayan entrado en un bosque de afectos y de amigos y no de doctrinas y menos de conceptos. Como sonámbulos caminamos hacia el despeñadero de Dios, que es amor. ¡Quién me iba a decir a mí, que el destino había puesto en el mismo lote el sufrimiento, el amor y mi presente y futuro laboral, también nuestra amistad desde los brindis con las copas de Bohemia!”. Un beso.

Paco de Coro

PS. Luis ya no se duerme en la televisión. Se acuerda Vd. de aquel día: “Luis, no te duermas, luego no vas a saber hablar con Dn. Paco de Cuba”. “Desde entonces ya no se duerme. Ahora no hablamos de Cuba, ahora es de Venezuela… por desgracia”.

3 opiniones en “Los Leceta”

  1. Me encanta la foto en blanco y negro. La Sra Trini, guapísima, y los chicos, sobre todo el Luis y el José Manuel, tal como los conocí aquellos años casi del cuplé. Qué recuerdos… que le hacen a uno un poco mayor y le enriquecen de experiencias.

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