Sangrar talento

Carta de un niño de posguerra a la Ministra Celaá

Señora:

Espero que al recibo de mi carta este Vd. bien, yo bien gracias a Dios.

Soy un niño de la posguerra, nacido en Madrid, en el barrio de Lavapiés, en un piso más de una corrala castiza –sin agua, sin baño, sin cocina–, de manos de una de las tantas comadronas, esas hadas y esas brujas maravillosas, que dejaban sobre nuestra placenta una mansedumbre de soledad y audacia, que asentaría nuestro porvenir arenoso.

– Siempre era así, o casi, esa era la norma –observaba mi abuela Mamá Nona.

Comenzábamos entonces a perdernos, a diluirnos mentalmente en el entorno. Nos dejábamos penetrar por la naturaleza de los muros, por la secreta armonía de las baldosas, por las corredizas cortinas del salón principal.

Poco a poco, Señora, sentíamos dentro de nosotros la presencia de nuestros padres, únicos e irrepetibles, y luego de nuestros abuelos, y de todos nuestros antepasados que en el mundo fueron. Entonces yo, Paco de Coro, ya no era más yo, sino una parte del muro y del espacio, la materia misma de la vida de los Rodríguez de Coro y de nadie más. Y en ese momento no existía la muerte, ni el tiempo, ni el dolor.

Es agotador, créame, todo lo que hay que sobrevivir para seguir siendo pasado, pues el hombre –y más si anciano– no tiene sentido sin la memoria propia: por quienes ya no están o por los que aún estamos demasiado.

Mire, nuestro futuro entonces estaba más apartado que nunca. Era más enigma que ahora. Era el meridional de los seres que un día escogerían la atrabiliaria condición del kamikaze, con dos kas de Osaka (porque el único amigo japonés, que he tenido en mi vida, se llamaba Jose Isikawa, y era de Osaka), es decir, una conspiración contra la costumbre, una corporeidad de deseos traicionados que el tiempo hoy desvanece.

Señora, la presión de la Navidad de este año es tan fuerte que sólo le queda defraudar. Ni tenemos entusiasmo, ni le esperamos. Estamos a otras uvas. Las suyas, porque a los últimos festejos de diciembre les está haciendo una seria competencia el tinglado lingüístico innecesario y su sabroso turrón de la eficacia de la ley de educación en marcha.

Vivimos una simetría social, ¿no?

Yo creo que vivimos un tiempo preñado de incoherencia, de maltrato de la sabiduría, en el que se falsea el pasado y se nos va robando, sin prisa y sin pausa, el presente. Para mí y a mi edad, en vano.

A la hora en que cantan los gallos, ¿sabe? Mi madre Nieves y mi abuela Mamá Nona lo llenaban todo de alegría y de paz y de amor. Y mi padre se bastaba a sí mismo para recorrer y habitar el mundo de la fábrica “Granja Poch” y todo el barrio de Lavapiés, Embajadores o Legazpi en bicicleta. Y yo y mis hermanos opinábamos y discutíamos, y al cabo mamá nos explicaba la sustancia de las cosas, las realidades eternas.

Aprendí así, Señora, que el mundo era uno y mismo, un absoluto. Y que la noción de cambio no era sino un engaño sensorial. Porque nuestra mirada es limitada –decía– y no alcanza a comprender el todo, ese Dios maravilloso y eterno.

Mi madre, Señora, era maestra nacional de la República.

Compaginaba divinamente sus dos seres ¡qué digo su único: ser madre y maestra!

– Hay que saber ver la esencia eterna de las cosas –explicaba–, el alma de las personas que se esconde en el calor de su ejemplo.

– Un día superaremos el tiempo y el espacio.

– Y un día comprenderemos que cada uno forma parte de la totalidad, de lo que será, lo que es y lo que ha sido.

Mi madre, Señora, era católica, como “todas” las mujeres de España. Estudió hasta el mismo magisterio en las llamadas “Escuelas del Ave María” del padre Manjón, en Granada; y para alcanzar esa especie de estado de gracia a que nos invitaba nos enseñó los antiguos métodos rituales: la concentración, la oración mental y vocal, la visualización mental de ¿figura? Tan compleja como la de Dios, el control del propio cuerpo con la ayuda de unos horarios y de una cierta disciplina y la repetición de jaculatorias para los distintos momentos de la vida.

– La repetición de jaculatorias nos ayuda a vaciarnos de nosotros mismos –decía.

Y, Señora, al calor de su ejemplo sus palabras de madre y maestra caían como plomo derretido en nuestra vida y en nuestro ser.

Vd. que hasta hoy era un libro abierto sobre el ayer y el hoy del PSOE. Vd. que se revelaba como una defensora combativa de la enseñanza trilingüe en el País Vasco. Vd. que era tan constitucionalista que llegó a ser distinguida con ataques abertzales rotundos, al contacto con ciertos nitrógenos políticos en la Villa y Corte se volatilizó su socialdemocracia como un mal sueño de dignidad anticuada.

Señora, los chicos de posguerra estamos llenos de almas. Por algo hemos llegado al COVID-19.

Sabe, las epidemias de los años cuarenta bailaban ante nuestros ojos antes de tomar posesión de nuestros cuerpos; ¡Las estoy viendo!, exclamo, agarrándome del brazo. Anhelábamos realidad, implorábamos realidad. Y el tiempo nos la daba. Era el único que podía dárnosla, abrazados a nuestros padres y en la casa de nuestra corrala castiza. Un lugar profundísimo de la memoria donde sucedieron las cosas que quisieron suceder en la guerra y en la posguerra.

Lo que pasaba con nuestras madres, Señora, es que estaban todo el día abriendo pasos en la frontera de la realidad. Pero no a la manera de asalariados o mercenarios, no. Ellas nos hicieron ese regalo del bautismo católico, el de poner nombre al lugar, una especie de país portátil, donde sentirse bien: la Iglesia, y después aquel encuentro diario con su ejemplo fue una especie de otro bautismo, una segunda vida.

Señora, la fe de nuestras madres no encallece las ideas nunca.

Camina hacia ese sistema de acoplamiento entre el Cielo y la tierra.

Acogía yo la avalancha de pandemias con la calma repentina que se produce ante lo inevitable. El sarampión, la tosferina, la tisis, hasta la solitaria, comenzaron a asediarme, acompañadas siempre de una calentura muy alta. Despavoridos caíamos en aquellas camas de sudor y de tortura, nerviosos y superados: Lorencito, el hijo del carnicero; Manolín, el de las bicicletas; Pacita y Elenita, las del primero centro; Julito, mi amigo, el hijo del maquinista de tren, al que un túnel no visto segó la cabeza; Pedrito, el hijo del frutero; Paquita, Rosarito y Antoñita, las Boluda de Murcia… y hasta “Mari, la Tonta”, que tenía resuellos, hipidos, estornudos y que sordomuda escuchaba el viento con los poros de la piel desde el alfeizar del tercer piso. Sin barandilla. Hasta que se mató.

Señora Doña María Isabel Celaá y Diéguez, (así todo con seis dóciles letras mayúsculas), a nuestras madres les competía educarnos sólo a nosotros, sus hijos, pero a Vd. le compete, además, educar a todos los españoles.

De la vida a la vida. Señora Celaá ministra acaba usted de humillar la Celaá madre. Cuando proclamó que los hijos no pertenecen a los padres sino al Estado confundía España –o eso me parece– con Esparta, allá en la antigua Grecia, donde se separaba a los niños de sus familias a los siete años para ser instruidos por el éforo (magistrado) que tutelaba su camino y conversión en ciudadanos–soldado, eficientes y rentables; todos todos iguales. A las preguntas de los padres, que eran un estruendo que exigía ser oído, seguía la consigna del mutismo, convertida en voluntaria sordera.

De la vida a la vida.

No se toleraba particularidad alguna: el que no podía ser igualado, era desterrado de la polis/ciudad o sacrificado sin contemplaciones.

La vida igualada era un obsequio, no una rapiña. Faltaría más.

Hasta la cólera en la nueva vida tenía su propia melodía: el silencio impuesto o contenido de las sonrisas. Eso sí, Señora, en aquella Esparta se estudiaba en griego vehicular, llamado koiné/común para todos. Algo así como el euskera batua para Euzkadi.

Perdone, Doña María Isabel, que me esté alargando, pero la ocasión lo merece. Parece que usted prescribe lo espartano para los demás, pero prefiere para usted y los suyos vivir en Atenas/Bilbao. ¿Por qué si no acaba de negar a los hijos de las clases medias y populares la concertada de que disfrutaron sus hijas?

Esa asimetría resulta obscena.

Lo he pensado bien y esa es la palabra precisa: obscena. Carezco de ese formato de la imaginación capaz de encuadrar esa monumental hipocresía: obs-ce-na.

Acabo. De mi infancia madrileña tengo recuerdos metálicos: las ruedas de hierro del tranvía sobre las vías que me llevaban a Salesianos Atocha, la campana de la iglesia que martilleaba el tiempo y las Rondas de Atocha, Valencia, Segovia y la campaneta de aquellos maravillosos curas que sangraban talento todos los días en las clases, mientras nos buscaban una colocación en el Madrid de posguerra.

Señora, mi respeto concertado se lo aseguro, ante tanto desconcierto.

6 opiniones en “Sangrar talento”

  1. Como siempre Paco sencillamente «Magistral» con mayúsculas, un fuerte abrazo y ojalá caiga en manos de la susodicha semejante reflexión…

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