En este pequeño estuche de reliquia vemos una imagen del hermano jesuita Francisco Gárate, S.J.; con un fragmento textil custodiado en este relicario circular, rodeado por una guirnalda sobria y su nombre grabado con delicadeza. Es un objeto sencillo, pero lleno de memoria: la huella de una vida que se hizo grande desde lo cotidiano. El Hermano Gárate nació en 1857 en Loyola, tierra ignaciana por excelencia. Ingresó joven en la Compañía de Jesús y, tras diversos servicios, fue destinado a la Universidad de Deusto, donde ejerció como portero durante más de cuarenta años. Allí, en aquella puerta que abría y cerraba miles de veces, se convirtió en un referente de humanidad: siempre sereno, siempre disponible, siempre atento al que llegaba con prisa o con dudas. Su santidad brotó de la fidelidad diaria, de la sonrisa constante y de la acogida sin distinción. Fue beatificado en 1985 como ejemplo luminoso de esa “santidad de la puerta”.
Su figura toca especialmente en la casa salesiana de Ciudad Real que tiene por su patrón. En esta ciudad, la presencia de los salesianos lleva más de cincuenta años, su historia comenzó en 1962, cuando llegaron para hacerse cargo de la Escuela‑Hogar Santo Tomás de Villanueva. Aquel lugar, con la carga y la fama de antiguo hospicio provincial, necesitaba convertirse en algo nuevo: un espacio donde jóvenes pobres y huérfanos —no sólo de la capital, sino también de la provincia y de otros lugares— encontrarán oportunidades, acompañamiento y un futuro posible. Los salesianos apostaron fuerte por esa misión, inaugurando una presencia que marcaría profundamente la vida educativa de Ciudad Real.
Pasados los años, y cuando los Salesianos estaban a punto de dejar el hospicio, se produjo un giro inesperado. Los jesuitas, tras veinticinco años de servicio en la ciudad y próximos a su marcha, ofrecieron la gestión de su Colegio Hermano Gárate a los Salesianos. El edificio reunía condiciones muy similares a la labor que ya estaban desarrollando, y aquel gesto abrió una nueva etapa a los salesianos. Llegó el traslado. La historia salesiana de los comienzos se repetía: una nueva casa, una nueva misión, la misma pasión por los jóvenes.
Esa continuidad entre jesuitas y salesianos no es solo una sucesión de fechas; es un puente de carismas que se encuentran en lo esencial. Los jesuitas sembraron profundidad, discernimiento y compromiso; los salesianos añadieron el estilo familiar, la presencia entre los jóvenes y la pedagogía del corazón. Juntos, aunque en tiempos distintos, han tejido una historia educativa que sigue dando vida a Ciudad Real. Por eso, al contemplar esta reliquia del Hermano Gárate, sentimos que la memoria se enlaza. Nos recuerda que la educación es un acto de amor cotidiano, que la bondad transforma más que cualquier discurso y que cada puerta abierta —como la suya— puede convertirse en un lugar de encuentro y esperanza.
Que su ejemplo siga inspirando nuestra manera de acoger, acompañar y servir en esta casa salesiana que un día fue también casa jesuita.
DATOS IMAGEN: Original fotográfico en soporte de papel dentro de un estuche relicario metálico pequeño.
Archivo personal de Joaquín García.
CENTRO PATRIMONIO SALESIANO SSM




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