Un día de julio, mientras recordábamos en una comida impresiones del viaje apostólico del papa a España, una de las asistentes, acostumbrada a codearse con personas influyentes en el ámbito sociopolítico, al conocer la nueva tarea que se me había confiado en la Vida Religiosa, me dijo: “Por favor, centraos en evangelizar”.
El papa León se había presentado en el Palacio Real ante las instituciones del Estado con un doble objetivo para su viaje a España, que en realidad eran dos caras de la misma moneda: “Vengo para confirmar, alentar e inspirar una renovada fidelidad de los creyentes al Evangelio, así como una reconciliación y una cooperación más profundas entre las distintas fuerzas de la nación”. Había venido a evangelizar.
Preguntas que evangelizar
Evangelizar hoy supone armonizar una buena dosis de reflexión, discernimiento y comunión. El papa no vino con todas las respuestas, más bien como sucedió con los grandes filósofos de nuestra sabiduría occidental, nos ha colocado ante preguntas de calado: ¿Qué significa verdaderamente ser humano? ¿Quiénes están siendo excluidos a pesar de sus virtudes y capacidades? ¿Qué herencia estamos dejando al futuro y qué tipo de comunidad estamos construyendo? ¿Cómo sembrar la inquietud por Dios?
Con el Evangelio como prioridad y ante este despertar religioso del que tanto se ha venido hablando y que adopta formas muy diversas, el papa León, respondiendo a los jóvenes, nos ha dado pistas para cuidar los procesos en el anuncio del Evangelio: “Para reconocer la voz de Dios puede ayudarnos ante todo el silencio. Al liberarnos del estruendo de mil voces reconocemos que algunas engañan nuestros deseos, otras nos compran sin alimentarnos, otras hablan por interés. En el silencio comprendemos que las ideologías pasan mientras la verdad permanece”.
Los titulares de algunos periódicos se hicieron eco del sobrecogedor silencio de medio millón de jóvenes que pasaron, en un instante, del bullicio a un silencio orante cuando el papa se arrodilló ante el Santísimo. En una sociedad de lo inmediato aprender a callar ante Dios y a escuchar su voz es un proceso que requiere pedagogía y paciencia. ¡Cuánto necesitamos silenciar los ruidos y enseñar a rezar para escuchar a Dios que nos habla a través de la Palabra y de su presencia entre nosotros!
Evangelizar también es tejer redes en la sociedad porque la Iglesia es experta en humanidad. Esta es la encomienda que el papa nos señaló para la España de hoy y de mañana: “Que la religiosidad que desde hace siglos anima este país no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy. Una escuela que nos enseña a arrodillarnos ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede arrodillarse ante el Señor y despreciar al hermano; una escuela que nos enseña la gratitud del amor que se hace don, para que circule entre nosotros y rompa las cadenas de todo egoísmo; una escuela de la que aprendemos que Dios es presencia real y que también nosotros estamos llamados a estar presentes en las situaciones y en los desafíos de la sociedad, a no huir, a comprometernos personalmente en la construcción del bien común”.
En esta escuela anunciamos el Evangelio con la vida y si es necesario también con las palabras, en esta escuela contemplamos y descubrimos la presencia de Dios para poner nuestra pequeña contribución a una sociedad del amor que no es algo utópico sino concreto y realizable. Sí, podemos coger el guante que me lanzaron en aquella comida. Por supuesto que queremos centrarnos en evangelizar para no dejar de hablar de lo que hemos visto y oído, porque el Evangelio es nuestra prioridad.




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