El otro día me encontré a los padres de una compañera de mi hijo y, como suele pasar, acabamos hablando de cómo les va a nuestros hijos, ya mayores. Me contaron que su hija trabaja hace ya unos años, entre semana vive fuera y los fines de semana vuelve a casa “Ya sabes. A lavar la ropa y recoger los tuppers”. Ainns… pensé yo. La historia de siempre.
La ayuda paterna
Los padres siempre queriendo ayudar. Con toda nuestra buena voluntad a veces les hacemos la compra, “porque no tienen tiempo”; hacemos la colada porque “llegan tan cansados del trabajo…”; les preparamos los tuppers o vienen a comer a casa porque “Cómo van a cocinar… y tampoco saben mucho…”. Nos sale de serie: Si necesitan algo, intentamos solucionarlo; a veces adelantándonos antes de que lo necesiten.
¿Esto es lo mejor? Con 20, 30 años, ¿es ayudarles realmente?
Hablamos mucho de que tienen que salir del nido y valerse por sí mismos, pero seguimos haciéndoles cosas que deberían hacer ellos, y no siempre porque nos lo pidan. Así surge una cuestión que no es tan sencilla: las cosas se hacen costumbre y, sin darnos cuenta, en lugar de una ayuda puntual montamos un “servicio permanente”. No necesariamente por comodidad o falta de responsabilidad por su parte. Incluso a veces sienten que tienen que hacerlo “porque nos hace ilusión”.
Hoy os invito a pensar: Quizá tenemos que revisar nuestra manera de ayudar. No se trata de dejar de echar una mano ni decir “ya eres mayor, allá tú”; sino de preguntarnos si lo que hacemos facilita que sean autónomos y asuman la responsabilidad que ya les corresponde en la vida, o hace que sigan dependiendo de nosotros para cosas que ya deben resolver por su cuenta. Pensemos que lo que más hace madurar es enfrentarse a dificultades y problemas.
La autonomía no consiste solamente en vivir fuera de casa, tener un trabajo o pagar gastos, ¿verdad? Es también saber organizarse, hacer compra y comida, gestionar el tiempo, cuidar a los niños y resolver las situaciones sin mamá o papá siempre detrás.
Vale. Tampoco pasa nada por poner alguna lavadora o darles un tupper con lo que les gusta. El asunto es considerarlo una obligación suya; no nuestra. Y todos lo veamos como una ayudita o un detalle.
A veces los padres también necesitamos límites; sobre todo, en nuestra buena voluntad. Porque querer mucho a nuestros hijos no significa hacerles todo. También significa confiar en ellos, saber que pueden hacerlo… y dejar que lo hagan.
Y, ¿si esta semana probamos algo diferente? Que vengan a casa, sí, pero la lavadora y los tuppers…




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