Después de esta desconcertante introducción, el autor lo explica a continuación, con un alegato denunciando la “manipulación y el fanatismo”, porque, según él, una menor vulnerable no se puede meter en el convento y tomar esa decisión sino porque está totalmente manipulada por los adultos. Esta situación, según el autor, es un síntoma de la decadencia de una sociedad que ha fracasado, y encuentra en la religión el viejo consuelo ante las desgracias.
Llama la atención la forma de valorar el hecho religioso por parte de este autor, y de una parte de la sociedad, que se niega a ver nada positivo en la religión, considerada una forma distorsionada de ver la realidad. Se diría que todo lo que se relacione con la fe despierta una reacción automática, incontrolable, como la del sistema inmunitario ante una nube de polen.
Esta actitud tiene mucho que ver con el ateísmo decimonónico, que presupone que la ciencia ha explicado suficientemente toda la realidad, y que la religión no es sino un intento mítico de explicarla, obviando que, desde la misma ciencia, a partir de la física cuántica, y los nuevos planteamientos de la astrofísica, resulta cada vez más difícil explicar la existencia del mundo espontáneamente. A partir de este prejuicio rancio, toda fe queda relegada al nivel de una pseudo explicación.
Por otro lado, considerar la vida monástica como “un grupo de fanáticas” sin conexión con el mundo, está obviando el hecho de que muchas personas entran hoy día a la vida monástica después de haber vivido una vida profesional intensa, y con niveles de formación muy altos. También olvida que la vida monástica, para ser obra de un atajo de iluminados, tiene una vida de quince siglos. Para ser algo aberrante, hay que ver lo que ha durado. Además, la vida monástica no es exclusiva del catolicismo. Existe en las iglesias ortodoxas e incluso en el budismo y el hinduismo. Con similitudes sorprendentes, por cierto. Es poco honrado intelectualmente despreciar algo por la sencilla razón de que no se entiende. El autor podría hacer un esfuerzo y visitar una comunidad monástica. Quizá no les pareciera tan cosa de fanáticos, y se sorprendiera de la paz y felicidad que se respira en ella. Pero eso es quizá mucho pedir.
Al autor le parece “una película de terror” que una chica de dieciocho años decida ingresar al convento, y dar así sentido a su existencia. No le parece terrorífico la enorme cantidad de problemas mentales que surgen entre los jóvenes, precisamente porque no encuentran una respuesta que dé sentido a sus vidas. No le aterra el número de suicidios entre los jóvenes; el aumento de las adicciones; el éxito de la ultraderecha entre edades tempranas; el aumento de los discursos de odio; y, en definitiva, la crisis existencial en la que se mueve la civilización occidental, que pretendió ofrecer sucedáneos a la fe, como el individualismo, el consumo de sensaciones a corto plazo; la competitividad; el materialismo, y que se han convertido en un montón de cenizas humeantes. Para el autor, eso no es un fracaso de civilización; no. Fracaso es que alguien descubra su lugar en el mundo.
Algunos adalides de esta alergia contra lo cristiano celebrarán con gran despliegue el inicio y fin del Ramadán- lo cual me parece muy bien- pero pondrán pegas y rechazarán cualquier alusión a la Cuaresma cristiana. Como si hubiera religiones “buenas” y “malas”.
Lo que es un fracaso de la civilización es esta tolerancia tan sesgada. Tolerancia con cualquier idea, hasta las más absurdas, porque todo merece respeto, pero en cuanto sale el tema cristiano, se les toca en el punto sensible, y desencadenan las convulsiones epilépticas.
Esta gente que presume de tolerancia se muestra tremendamente intolerante con cualquier cosa que se refiera al cristianismo, y especialmente a la Iglesia Católica. Del pasado se esfuerzan en destacar lo más negativo – que lo hay, evidentemente – pero eliminando todas las iniciativas por el desarrollo de los pueblos y atención a los más pobres que se han desarrollado a lo largo de la historia. Así es fácil hacerse un retrato robot de las miserias, como se puede hacer de cualquier institución humana.
Para terminar, les diría a estos alérgicos, que, si toman la historia de la humanidad -no sólo de occidente- encontrarán que esa entidad que les produce tanto repelús es la única institución en toda la historia universal que ha permanecido tanto tiempo, en tantas culturas, funcionando con los mismos principios. No hay otra.
Por algo será.




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