El lebrillo

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

5 abril 2022

Reflejos de porcelana

Ser un lebrillo de cerámica vidriada es signo de distinción. Haber nacido en la Real fábrica de loza y porcelana de Turín es un alto honor. Por ello, bendije mi suerte. Y me dispuse a recoger en mi cuerpo el agua destinada a lavar el delicado cutis de personas distinguidas. Imaginé su tersa piel protegida por jabones franceses de importación. Intuí sus aromas perfumados y su refinada tersura.

Nada más nacer, me colocaron en una caja de cartón. Finas virutas preservaban mi piel de porcelana. En el interior del embalaje: oscuridad. Ansia por conocer a mis futuros dueños.

Semanas después abrieron la caja. Oteé el nuevo paisaje que me albergaba: una pequeña capilla de techo bajo; bancos de madera sin barnizar; un crucifijo y un altar custodiados por seis modestos candelabros.

Un joven sacerdote, llamado Juan Bosco, me tomó. Llenó mi jarra con agua caliente. Minutos después se abrió la puerta del fondo. Una concurrencia de muchachos se acomodó en los bancos. Entonaron un canto: «Ubi caritas et amor Deus ibi est» (Donde hay caridad y amor allí está Dios). Mientras resonaba la melodía, una docena de chicos avanzaron en procesión. Se sentaron sobre doce sillas frente al altar. Les observé: inmensa dignidad bajo sus ropas remendadas y sus alpargatas de cáñamo y esparto.

A una señal, comenzaron a descalzarse. El joven sacerdote se ciñó una toalla. Se arrodilló ante el primero de los muchachos. Me colocaron bajo su pie descalzo… Él lo lavó y secó con una toalla. Lo besó humildemente. Mientras caía el agua sobre mi cuerpo de lebrillo, se deslizó una pregunta sobre mi piel de porcelana: ¿Dónde están los finos y perfumados cutis que yo imaginé?

De pronto, reparé en el nuevo pie que me correspondía lavar. Mostraba las marcas enrojecidas de varios sabañones; señal del frío intenso sufrido. Intenté trasmitirle calor.

Ante mi mirada desfilaron lentamente los otros pies. Y descubrí uñas surcadas por líneas blanquecinas; marcas inequívocas de una alimentación escasa. Descubrí pieles agrietadas. Vi dedos curvados por el esfuerzo de trabajos agotadores e inhumanos. Contemplé ampollas y rozaduras. Hice mío el dolor de aquellos pies que, siendo como eran de niños, mostraban ya la dureza de una vida marcada por el dolor.

Desde aquel día, cada Jueves Santo he repetido este ritual. Creedme si os digo que por fin he comprendido el sentido de las huellas que trazan los pies de los chicos de Don Bosco. Aunque parece que transitan por una calle de amargura, su destino final no es la cruz. Caminan hacia la resurrección. Don Bosco les toma de la mano para conducirlos hacia la dignidad, la fe, la ternura y la alegría de una nueva vida. Porque, al final, las cruces quedan vacías.

Nota: Año 1848. Don Bosco celebró con sus muchachos el Jueves Santo. Eligió doce muchachos. Se ciñó una toalla, se arrodilló ante cada uno y les lavó los pies con un lebrillo. Les ofreció una cena y regaló a cada uno un pañuelo blanco y un crucifijo (MBe III, 254-255).

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