ACTUALIDAD SALESIANA
La ‘Coca Rossa’ y el recién llegado

1 mayo 2026

Desde hace siete meses soy habitante de derecho de Ciutadella y, desde mi condición de valenciano y mediterráneo, no dejo de maravillarme porque cada día, cuando salgo a caminar por la ciudad y sus alrededores, descubro pequeñas maravillas a la vuelta de una esquina, recorriendo el Port Vell o paseando desde Sant Nicolau hasta el fondo de la cala del Degollador. Los ejemplos podrían multiplicarse y no solo en la ciudad sino en cualquier lugar de esta isla fascinante, famosa por su invitación a la calma y a mirar la vida de otra forma.

Aun así, hay una modesta pieza de lona y madera que me tiene maravillado: se trata de la silla menorquina conocida con el simpático nombre de “Coca Rossa”, marca registrada, por cierto. En su aparente simplicidad, la muy conocida silla insular es mucho más que un mueble; se ha erigido con el paso del tiempo en un símbolo de la identidad de Menorca y nació hace ahora poco más de cien años, gracias a la pericia Miquel Anglada Alzina en su búsqueda de comodidad y funcionalidad en el mobiliario cotidiano; una silla fácilmente portable en el brazo, que descubro no solo en cafés, playas o iglesias, sino incluso muy bien ocupada en el espacio de llegadas del aeropuerto de Menorca, dando confort a alguien que espera un pasajero a punto de llegar y decide que conviene matar el tiempo en la terminal leyendo una buena novela… sentado en la famosa silla que se ha traído de casa.

Nosotros, los mediterráneos, tenemos una larga tradición de ocupar espacios al aire libre para charlar buenos ratos sin prisa, a la fresca del verano o al calorcito de las mañanas de marzo; pero la silla Coca Rossa, con su comodidad a buen precio y producto del país, parece dar un paso más allá: omnipresente por las calles de nuestra ciudad, descubro su poder como símbolo o metáfora de otra forma de vivir que algunos creen ya desaparecida o imposible, pero que aquí se demuestra como factible a condición de tener un poquito de buena voluntad.

La Coca Rossa parece llevar en sí misma una dosis de calma y de humanidad que no sabes cómo es capaz de transmitirla, pero te das cuenta de que esto es muy cierto. Bien sentados en unas confortables “coques rosses”, en torno a una mesa o no, la charla brota tranquila, el diálogo se toma una buena ración de tiempo, el reloj parece contar menos; es más fácil mirarse a los ojos, escuchar con atención los sentimientos del amigo, las preocupaciones de los compañeros, los comentarios sobre la actualidad que hacen los colegas y compartir también las mil situaciones que la vida a ras de tierra nos plantea cada día y sabemos que es mejor enfrentarlas compartiendo opiniones y puntos de vista.

Ahora que, en palabras de Enric Juliana, “vivimos la época de las imágenes chocantes, de los insultos a granel y de las frases fuera de quicio que compiten desesperadamente para atraer la atención del público”, la Coca Rossa menorquina se erige como todo un símbolo de la escucha atenta, el respecto a las opiniones del otro, la voluntad de no levantar la voz porque hablando bien la gente se entiende y queremos el entendimiento porque lo sabemos necesario, imprescindible para construir comunidad y hermandad.

Vivimos en un mundo de palabras que “en ocasiones es una celda, una prisión infinita, un laberinto enrevesado donde cada palabra evoca heridas, batallas perdidas, memorias que duelen, vivencias ajenas, teorías vacías” -cómo con tanto de acierto apunta José María R. Olaizola, sj- en un mundo de trincheras, de objeciones, agravios, prejuicios y exigencias… la modesta silla Coca Rossa -estoy convencido- hace más fácil que “las palabras sean puente, caricia, bendición, promesa, flecha que apunta hacia el mismo centro de la vida donde convergen la verdad propia, la amistad sincera y el mismo Dios”.

1 Comentario

  1. Miguel

    Simpática reflexión. No tenía ni idea de la existencia de esta pequeña maravilla insular. Es, ciertamente, un buen símbolo del buen espíritu mediterráneo.

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