“Agradezco al pueblo español, que me ha acogido con gran entusiasmo y devoción”. “Los he animado a superar toda forma de división u oposición, cultivando siempre la comunión, el diálogo y la unidad en la diversidad”. Así, en un par de frases, valoraba el Santo Padre León XIV la huella que había dejado en él su visita a España.
Atrás quedó esa semana en la que muchos pudimos descubrir al papa, sucesor de Francisco que, si bien había mostrado un papado aparentemente discreto hasta el momento, en su visita apostólica nos dejó muchos titulares de gran profundidad para la reflexión. Y es que, cualquier encuentro, del tipo que sea, queda vacío si no deja acuerdo o recuerdo en los protagonistas del mismo.
Búsqueda de la verdad
León XIV, como recuerdo de su visita, nos interpela a la verdad: “Buscad siempre la verdad”, era la llamada que le hacía a los jóvenes en la Plaza de Lima. “Si algo te lleva lejos de Dios, no es verdad”. Hoy se observa una creciente necesidad en los jóvenes de búsqueda de verdad, búsqueda de Dios, búsqueda de sentido. La familia puede y debe ser el entorno en el que descubrir esa verdad, y debemos ser responsables de que reconozcan a Dios en el amor que reviven y todo esto les ayude a tener sentido en sus vidas.
Y precisamente, en torno a esa buena convivencia que debemos generar a nuestro alrededor, nos dejó el Santo Padre otro mensaje esencial relacionado con la comunicación en su intervención en el Movistar Arena: “La comunicación nunca es neutral. Toda expresión habla, transmite; puede herir o sanar, destruir expectativas o abrir horizontes”.
La familia es el grupo primario de socialización del ser humano que influye en la identidad personal de cada miembro, especialmente los menores. Asimismo, es el entorno de transmisión de una cultura (sistema de valores, pautas de crianza, costumbres, expectativas…). Si hablamos de una familia cristiana, debe ser además un lugar privilegiado para la “búsqueda de la verdad” y qué mejor manera de hacerlo que mediante unos lazos de relación y comunicación que sean testimonio del amor de Dios. Acompañemos a nuestros hijos en esa búsqueda de la verdad, saciemos esa necesidad de sentido, pues sabemos que es eso lo que da la verdadera felicidad que tanto anhela el ser humano y que Don Bosco no se cansó de repetir como padre de sus chicos del oratorio: “Uno solo es mi deseo: que seáis felices en el tiempo y en la eternidad”.




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