
Begoña Rodríguez
Aquella tarde, dos jóvenes caminaban sin prisa.
Habían dejado atrás el ruido de la ciudad, pero no conseguían dejar atrás la conversación. Hablaban de lo ocurrido en Ceuta. De las imágenes, de las noticias, de las fronteras, de las personas que llegaban y de las que miraban desde el otro lado. Cada uno llevaba consigo una historia distinta, una manera diferente de entender lo sucedido.
Uno era ceutí. El otro, marroquí.
—A veces tengo la sensación de que desde fuera nadie entiende lo que significa vivir aquí —dijo el ceutí—. Ceuta no es una noticia. Es nuestra casa. Y cuando pasan ciertas cosas, aparece el miedo. Miedo por lo que pueda ocurrir mañana, por nuestras familias, por la ciudad que conocemos.
El joven marroquí guardó silencio unos instantes.
—Lo entiendo —respondió—. Pero desde el otro lado tampoco es fácil. Cuando ves a alguien jugarse la vida para cruzar una frontera, no puedes pensar solamente en la frontera. Hay una persona. Hay una historia. Hay una vida que quizá no ha encontrado otra puerta.
—Pero también hay unas normas —replicó el ceutí—. No podemos pensar que todo se soluciona dejando entrar a todo el mundo.
—Y tampoco podemos pensar que todo se soluciona levantando muros —contestó el otro.
Caminaron unos metros en silencio.
Fue entonces cuando un hombre se acercó a ellos.
No parecía tener prisa. Caminaba con ellos, como quien no quiere interrumpir una conversación, sino formar parte de ella.
—¿De qué habláis? —preguntó.
Los dos jóvenes se miraron.
—De Ceuta —respondió el ceutí.
—De lo que ha pasado —añadió el marroquí.
—¿Y qué pensáis vosotros?
El ceutí comenzó a explicarle sus razones. Habló del miedo, de la responsabilidad, de la necesidad de proteger a las personas, de lo difícil que resulta tomar decisiones cuando hay vidas y familias en juego.
El otro habló de la pobreza, de las oportunidades que faltan, de quienes miran hacia Europa buscando una vida diferente. Habló de que detrás de cada cifra hay un nombre, y detrás de cada nombre, una historia.
El hombre escuchaba.
No les dijo inmediatamente quién tenía razón.
No levantó una bandera.
No convirtió al otro en enemigo.
Solo siguió caminando.
Y, poco a poco, comenzó a hacerles preguntas.
—¿Qué ocurre cuando el miedo nos hace dejar de mirar a la persona que tenemos delante?
—¿Qué pasa cuando defendemos lo nuestro, pero dejamos de preguntarnos qué le ocurre al otro?
—¿Puede una frontera ser necesaria y, al mismo tiempo, necesitar un corazón que no sea indiferente?
Los jóvenes dejaron de discutir.
Por primera vez, estaban pensando juntos.
El camino se les hizo más corto de lo que esperaban.
Cuando llegaron a una bifurcación, el hombre hizo ademán de continuar por otro camino.
—Quédate con nosotros —le dijeron—. Ya está anocheciendo.
El hombre sonrió.
—Entonces habéis entendido lo importante.
—¿El qué?
—Que no siempre se trata de elegir entre unos y otros. A veces se trata de aprender a mirar como mira Dios.
Y siguió caminando.
Los dos jóvenes permanecieron allí, en silencio.
No habían resuelto el problema de Ceuta. Tampoco habían encontrado una respuesta sencilla para una realidad compleja. Pero algo había cambiado.
Ahora sabían que podían defender una frontera sin levantar un muro en el corazón.
Que podían reconocer los miedos de su propia tierra sin dejar de escuchar el dolor de quien llega desde otra.
Y que, quizá, la pregunta cristiana no consiste solamente en «¿quién tiene razón?», sino en algo mucho más incómodo:
«¿Qué haría Jesús si caminara hoy por nuestras calles?
¿A quién se acercaría?
¿A quién escucharía?
¿De qué lado se pondría?
¿Y qué nos pediría a nosotros que hiciéramos?»
Quizá Jesús no nos pediría respuestas fáciles.
Quizá nos pediría algo más difícil: no dejar de ver personas allí donde otros solo ven fronteras, números, amenazas o problemas.
Y tal vez, como en Emaús, lo reconoceríamos precisamente cuando descubriéramos que, mientras nosotros discutíamos sobre quién estaba al otro lado, Él ya estaba caminando con los dos.
Porque, si Jesús caminara hoy por ese mismo camino, probablemente no comenzaría preguntando quién tiene razón.
Quizá se acercaría a los dos.
Escucharía al que tiene miedo.
Se sentaría junto al que sufre.
Miraría al que hemos convertido en una cifra.
Y nos preguntaría, como tantas veces hizo:
«¿Y tú qué vas a hacer con el hermano que tienes delante?»
Tal vez esa sea la verdadera pregunta.
No qué haría Jesús por Ceuta.
Sino qué haría Jesús en Ceuta.
Y, sobre todo, qué haríamos nosotros si, de pronto, descubriéramos que Él camina a nuestro lado.
Porque quizá el Evangelio no nos pide elegir entre una orilla y otra.
Quizá nos pide algo mucho más difícil:
no perder nunca de vista que, a ambos lados de la frontera, Dios ya ha puesto un rostro humano.














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