¿Toca hacer de zahorí?

7 mayo 2026

Zahorí (m. y f.) es la “persona a quien se atribuye la facultad de descubrir lo que está oculto, especialmente manantiales subterráneos”.

Así define el Diccionario de la Lengua, de la RAE, este término -zahorí-, que me sirve de metáfora. La idea no es mía: está descaradamente inspirada en el núm. 279 de “Papeles”, suplemento del Cuaderno 244 de Cristianisme i Justícia. (Leed, si podéis, ese “manifiesto zahorí”: no es largo, os hará bien; y tienen en la web todos los documentos ordenaditos y a disposición).

¿A qué viene esto? Me explico.

Hace unas cuantas semanas un educador ofreció al equipo sus “buenas semanas”, y en ellas nos invitaba a compartir noticias positivas, porque la mayoría de las que se publican son negativas; no es que estas haya que ocultarlas, porque son reales. “No se trata, decía, de ignorar los problemas del mundo, sino de equilibrar la mirada y recordar que también existen motivos para el optimismo”.

No es la primera vez que me encuentro con personas que piden que, por favor, hablemos de “cosas buenas”. Porque agobia tanta noticia negativa, al lado de tanta confrontación inútil, de tanto “pájaro de mal agüero” y de tanto profesional de la provocación. Es verdad: necesitamos “buenas noticias”, para alimentar la esperanza, y para contrarrestar el avance de la estupidez y del pesimismo.

Pensando en un terreno más nuestro, el de la educación, y pensando en las personas en ella implicadas, es imprescindible que hagamos de zahorís. O algo así, porque no se trata de buscar manantiales subterráneos ocultos, sino de los que ya existen en la superficie y nos pasan desapercibidos.

¿Y cómo se hace esa búsqueda? Pues habrá que entrenar, para lo cual supongo que existen formas diversas. Para hacerlo personalmente yo conozco un sistema clásico. En una ocasión quisimos que cada componente del equipo obsequiara con algún recuerdo a una educadora que cambiaba de trabajo. El mío fue una libreta, y le propuse que la utilizara durante un buen tiempo para apuntar al final del día tres cosas positivas que le hubieran ocurrido. Esa propuesta también alguien me la había hecho a mí hacía tiempo. Es una manera de entrenar la mirada positiva y agradecida. Hay gente que confiesa que le cuesta mucho encontrar algo positivo al final del día. Es cuestión de práctica, y de no buscar hechos extraordinarios -que, por definición, no son habituales-, sino justamente bucear en los ordinarios.

Y para hacerlo en equipo, buscar momentos de encuentro, o aprovechar los que ya se tienen, para compartir. ¿El qué? Sobre todo, los solo en apariencia pequeños “éxitos”: aquella sonrisa de quien hacía tiempo que no veíamos sonreír; aquella respuesta al saludo de quien nunca saludaba; aquel abrazo inesperado de la adolescente que llevaba tiempo esquivando hasta la mirada; aquel momento “mágico” de grupo en que hablan de sus cosas y se escuchan mientras meriendan o hacen un taller; aquel equipo de monitores que dedica tiempo muy extra a gestionar becas para sus chavales; aquella educadora que, con insistencia, consigue de Servicios Sociales un recurso urgente para una familia… Hablo de compartir este tipo de cosas. Son muy abundantes, pero, como no son espectaculares ni hacen ruido, pueden pasar desapercibidas y ser consideradas insignificantes.

Necesitamos también compartir y escuchar este tipo de noticias buenas. No para ignorar las negativas ni para evadirnos de ellas, sino para alimentar nuestro ánimo personal y de equipo, nuestra esperanza.

Además, en ellas se hace presente el Reino. En nuestra forma de hablar del Reino solemos utilizar mucho el verbo “construir”, y sí, es correcto. Pero no hay que olvidar que “el Reino de Dios ya está entre vosotros”. Junto el esfuerzo, por tanto, que supone construirlo, pongamos el gozo de descubrirlo.

Toca hacer de zahorí. Aunque, como ya he dicho antes, no para descubrir manantiales subterráneos, sino aquellos que tenemos en la superficie.

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