En un momento en que la educación parece debatirse entre la presión del rendimiento y la nostalgia del pasado, esta pregunta adquiere una fuerza enorme, urgencia y actualidad: ¿Qué es hoy la escuela? ¿Cuál es su verdadera identidad? ¿Cómo puede responder a los retos de hoy?
Esta pregunta no es nueva. El filósofo coreano Byung‑Chult Han (1959) advierte que vivimos en la “sociedad del cansancio”, donde todo se convierte en entrenamiento, autoexigencia y productividad. Desde otra óptica, el también filósofo italiano muy unido a la pedagogía, Massimo Recalcati (1959), denuncia el riesgo de convertir la escuela en un “santuario de reliquias”, donde se transmite un legado sin vida y no recordarnos “que seguimos teniendo futuro”. Entre ambas reflexiones se nos abre un espacio fértil para que pensemos.
El modelo de una escuela concebida como un gimnasio que privilegia la práctica, la repetición, la disciplina y la evaluación constante es la escuela que entrena competencias, mide resultados y prepara para un mundo competitivo. Bien, tiene virtudes, no cabe duda: fortalece la constancia, el esfuerzo y la capacidad de superación; pero como nos recuerda la filósofa española Marina Garcés (1973) , “la educación no puede reducirse a una gimnasia de habilidades; debe abrir mundos, no solo entrenar destrezas”.
Cuando la escuela se reconoce como exclusivamente gimnasio, corre el riesgo de producir fuerza sin sentido, alumnos capaces de aprobar, pero incapaces de preguntarse por qué vale la pena aprender y qué sentido tiene todo esto.
La escuela como museo, por su parte, concibe la escuela como un espacio de memoria, contemplación y transmisión del legado cultural. Aquí la educación se vuelve un acto de cuidado: conservar lo recibido, honrar la tradición, custodiar la belleza. El filósofo franco-británico George Steiner (1929-2020) defendía que la escuela debía ser “un lugar donde el pasado respirara”, y el pedagogo francés Philippe Meirieu (1949) insistía en que educar es “introducir al niño en un mundo que le precede”. Pero cuando la escuela se convierte solo en museo, puede caer en la melancolía pedagógica: un saber que se conserva, pero no se encarna; un patrimonio que se exhibe, pero no se vive.
Una síntesis es necesaria. Ni gimnasio sin museo, ni museo sin gimnasio. Grecia lo entendió: la paideia griega integraba cuerpo, mente, ética y memoria. Una formación integral. Hoy, voces como la del conocido filósofo y sociólogo francés Edgar Morin (1921) reclaman una educación que “enseñe a vivir”, que una a la vez conocimiento y experiencia, rigor y sensibilidad, técnica y humanidad.
Uno de los ejes centrales de la primera Encíclica del Papa León XIV, Magnifica Humanitas es la Encarnación como respuesta cristiana al riesgo de deshumanización. El Papa afirma que la dignidad de cada persona no depende de su capacidad productiva o técnica, sino del hecho de haber sido creada y amada por Dios. La escuela, por tanto, debe enseñar a los jóvenes a habitar su propia humanidad, a no medir su valor por su rendimiento, y a resistir la lógica de la eficiencia que amenaza con convertirlos en piezas de un sistema.
Su magisterio ilumina nuestra pregunta: una escuela que solo entrena (gimnasio) o solo conserva (museo) no responde a la dignidad humana; hace falta una escuela que forme personas completas, capaces de memoria y de acción, de contemplación y de compromiso.
¿Y cómo responde la escuela salesiana a este reto? Nuestra tradición salesiana nació precisamente para unir lo que el mundo separaba: razón, religión y amabilidad; estudio y juego; disciplina y afecto; memoria cristiana y creatividad juvenil. Don Bosco no concibió la escuela como un gimnasio de rendimiento ni como un museo de devociones, sino como un ecosistema educativo vivo, donde el joven pudiera crecer en todas sus dimensiones.
Hoy, ante una sociedad acelerada, fragmentada y a veces desorientada, la pregunta es inevitable: ¿cómo puede nuestra escuela salesiana integrar la fuerza del gimnasio y la luz del museo para ofrecer a los jóvenes una formación verdaderamente humana según Cristo?
Quizá la respuesta esté en recuperar nuestro espíritu original: un gimnasio del carácter, donde se ejerciten la responsabilidad, la constancia y la solidaridad; un museo de la memoria viva, donde el Evangelio, la cultura y la historia iluminen el presente y, sobre todo, una comunidad educativa que acompañe, escuche y sostenga. La escuela no es un edificio ni un método, es un espacio donde alguien cree en ti, donde se entrena la vida y se custodia la esperanza, donde poder soñar otros mundos posibles.




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