Y, sin darme cuenta, me ha llevado a san Agustín, a aquella verdad tan profunda que sigue atravesando los siglos: “Nos hiciste, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti”.
Porque, en el fondo, cuando vivimos mirando solo al suelo, terminamos olvidando quiénes somos y para qué hemos sido creados. Nos preocupamos por tantas cosas, nos dejamos atrapar por los problemas, por las prisas, por las decepciones… y acabamos caminando encorvados, con la mirada fija en aquello que pesa, que duele o que nos falta.
Y hoy, además, lo he rezado con el Evangelio del Camino de Emaús.
Los discípulos se marchan… tristes, decepcionados, con la mirada baja. Se van de Jerusalén porque sienten que todo ha terminado. Han perdido la esperanza.
En el fondo, van mirando al suelo.
Van repasando una y otra vez lo sucedido, encerrados en sus propios pensamientos. Solo son capaces de ver la cruz, el fracaso y la tumba. Lo que había sido un sueño compartido parece haberse convertido en una historia acabada.
Y es ahí donde Jesús se hace el encontradizo.
No les reprocha nada. No los obliga a creer. Simplemente se pone a caminar a su lado. Escucha sus heridas, sus preguntas y sus silencios. Los acompaña con paciencia y los ayuda a descubrir que Dios sigue actuando incluso cuando ellos no son capaces de reconocerlo.
Camina con ellos, aunque no lo reconocen. Los escucha, los acompaña, les explica la vida… hasta que, poco a poco, su corazón vuelve a arder.
Y entonces cambia todo.
Porque cuando reconocen a Jesús al partir el pan, descubren que nunca estuvieron solos. Aquel que creían ausente había estado caminando con ellos todo el tiempo.
Y ya no pueden seguir igual.
Se levantan, dan la vuelta y regresan.
Vuelven con otra mirada. Vuelven con esperanza.
Quizá muchas veces nosotros también vamos camino de Emaús: cansados, confundidos, heridos por alguna decepción, con la sensación de que las cosas no salen como esperábamos y con ganas de tirar la toalla.
Quizá también nosotros necesitamos recordar que no hemos sido creados para vivir encerrados en nuestros miedos ni para caminar siempre mirando al suelo.
Y ahí resuena el himno:
“Alza la mirada”.
Quizá por eso la visita del papa León a España llega como una hermosa invitación para todos. Más allá de los actos, los encuentros o la emoción que pueda despertar su presencia, toda visita de un sucesor de Pedro es una llamada a renovar la esperanza. Su llegada nos recuerda que la Iglesia sigue caminando, que Cristo sigue vivo en medio de su pueblo y que el Evangelio continúa teniendo una palabra capaz de iluminar nuestro presente.
En un tiempo en el que no faltan motivos para el desánimo, su presencia entre nosotros parece repetirnos, con la fuerza del Evangelio y con las palabras de este himno: “No te quedes mirando al suelo, no te encierres en tus miedos, no renuncies a la esperanza. Alza la mirada, porque Dios sigue acompañando la historia y sigue saliendo al encuentro de quienes lo buscan”.
Alza la mirada.
Álzala, porque Él camina contigo, aunque no lo veas.
Álzala, porque no estás hecho para quedarte en la tristeza.
Álzala, porque hay más horizonte del que ahora alcanzas a ver.
Álzala, porque Dios sigue escribiendo historia incluso en medio de tus noches.
Álzala, porque detrás de cada cruz siempre permanece abierta la puerta de la esperanza.
Álzala, porque tu corazón solo descansa en Él.
Hoy es un buen día para volver.
Para dejar de contar únicamente las derrotas y empezar a reconocer también las huellas de Dios.
Para descubrir que quizá el Señor lleva tiempo caminando a nuestro lado, sosteniéndonos en silencio.
Para dejar de mirar al suelo y empezar, otra vez, a mirar al cielo.
Si tienes un momento, escúchalo.
Déjate acompañar por la música y reza con ella.
Porque a veces una canción, una palabra del Evangelio o un instante de silencio pueden convertirse en el empujón que necesitamos para volver a alzar la mirada y poner el corazón en camino.




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