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El cerdo y el sapo

Las cosas de Don Bosco  |  José J. Gómez Palacios

8 septiembre 2026

Atrapados en un sueño

Soy un cerdo. Me siento el ser más despreciable del mundo. He sido víctima de un gran escarnio. En vano intento sacudir la porquería que han vertido sobre mi cuerpo y mis orejas. Y lo que es peor: no vislumbro el fin de mis amarguras.

Todo comenzó cuando Don Bosco se adentró en uno de sus habituales sueños. Preocupado por mostrar el camino de la virtud a sus muchachos, apareció ante él un hermoso prado en el que crecían rosas, jazmines, margaritas y alhelíes… Cuando esto ocurrió yo me hallaba también dentro del sueño. Contemplé aquella belleza. No obstante, me preguntaba qué hacía yo en aquel onírico y admirable jardín.

De pronto, todo cambió. Un extraño personaje se acercó a Don Bosco. No era alto ni bajo. No mostraba ni seriedad ni alegría. Su voz resonaba con fuerza. Extendió su mano. Y, como por ensalmo, desaparecieron las flores. El paisaje se tornó árido y desabrido.

Por una de las esquinas del sueño surgió un toro de feroz aspecto. Sus amenazantes mugidos llenaron el aire. Evité gruñir. Los cerdos no podemos hacer nada frente a la descomunal fuerza de los astados.

Cuando el toro amenazó con embestir a los jóvenes del Oratorio, Don Bosco les ordenó que se tumbaran sobre el suelo. Con esta humilde actitud, salvaron sus vidas. Pero las flores de antaño se habían convertido en abrojos de agudas espinas. Mostraban nombres de vicios: murmuración, ocio, pereza, soberbia, ira y envidia.

Lo peor llegó a continuación. Apareció un carruaje viejo y desvencijado. Lo arrastraba un sapo de colosales dimensiones. El enigmático personaje, que no era ni alto ni bajo, extendió su mano sobre mí. Y me vi uncido, junto al sapo, con fuertes tirantes y riendas de cuero. Estábamos condenados a tirar de la diligencia. Al enterarme de que el sapo y yo representábamos ¡la lujuria y la gula!, no pude evitar un ataque de ira. Éramos la personificación de vicios tan groseros.

Gruñí con todas mis fuerzas para protestar. Al escuchar mis chillidos, mi impúdico compañero comenzó a croar. Nadie nos respondió.

Mis gruñidos y el croar de mi desventurado compañero se hicieron tan fuertes, que despertaron a Don Bosco. Sobresaltado, abrió los ojos. Y el sueño desapareció de su mente como la niebla del amanecer. Pero Don Bosco se olvidó de nosotros. A día de hoy, el sapo y yo seguimos atrapados en el sueño. Las ruedas del carruaje siguen girando. Las bridas de cuero no se aflojan. El camino nunca termina.

Tal vez Don Bosco esté aguardando a que sus chicos aprendan que la única solución para vencer la gula y la lujuria es bajarse del carruaje; el mugriento carruaje que seguimos arrastrando día y noche.

Nota. Septiembre 1876. Salesianos y jóvenes realizan Ejercicios Espirituales en Lanzo. Don Bosco les narra un sueño sobre vicios y virtudes, dividido en cuatro partes. Un cerdo y un sapo son los protagonistas de la última sección (MBe XII, 397-400).

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