
Mayca Crespo
Como madre de dos adolescentes me preocupa cada vez más la sociedad en la que están creciendo. El odio, el racismo, el rechazo al migrante y la crispación parecen haberse instalado en nuestras conversaciones y en las redes sociales.
Como cristiana no puedo evitar preguntarme cómo hemos llegado hasta aquí si el mandamiento más importante que nos dejó Jesús es «Amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo».
El prójimo no es solo quien piensa como nosotros, comparte nuestras ideas o vive como nosotros. También es quien llega de otro país buscando un futuro, quien sufre, quien es perseguido o quien piensa diferente. No podemos decir que amamos a Dios mientras despreciamos a otro ser humano ni podemos defender el Evangelio utilizando el odio como arma.
Rechazar el odio significa defender nuestras ideas sin humillar, exigir justicia sin alimentar la venganza y reconocer la dignidad de los demás, incluso cuando no estamos de acuerdo.
Por eso, las palabras del Papa León XIV me parecen tan necesarias: sus llamamientos a la paz, sus denuncias de los intereses que se enriquecen con la guerra, su preocupación por las personas migrantes, o su defensa reiterada sobre el derecho a una vivienda digna como un principio central de la doctrina social de la Iglesia. Todo ello nos recuerda que no podemos acostumbrarnos al sufrimiento ajeno ni mirar hacia otro lado ante la precariedad, los abusos, la injusticia, la violencia o la persecución.
Tuve la suerte de asistir a la reciente visita del Papa a Canarias y vivir aquel encuentro en primera persona. Su lema, «Alzad la mirada», sigue resonando en mí. Es una invitación a salir de nosotros mismos, a levantar los ojos hacia Dios y a abrir el corazón a los demás. Porque no podemos mirar al cielo y cerrar los ojos ante el que sufre.
Y pienso especialmente en nuestros hijos. ¿Qué les enseñamos cuando insultamos a quien piensa diferente o justificamos el desprecio si viene de quienes comparten nuestras ideas? No basta con pedirles respeto: tenemos que dar ejemplo. El odio no construye, no educa y no conduce a la paz. Solo levanta muros y nos aleja de lo que nos hace humanos.
Quizá debamos empezar por revisar nuestras propias palabras, nuestros silencios y nuestras actitudes.
Jorge Drexler, en su canción “La guerrilla de la concordia”, nos recuerda una verdad tan sencilla como necesaria.
Amar es ir a ciegas
El corazón despega, mientras todo arde
Odiar es mucho más sencillo
El odio es el lazarillo
De los cobardes
¡Armémonos!
Armémonos de valor
¡Armémonos!
Armémonos de valor, hasta los dientes
El miedo salió de su fosa y hoy
Amar es cosa de valientes.
Hoy me hago una pregunta como madre y como cristiana: ¿estamos enseñando a nuestros hijos a amar como Jesús nos enseñó o estamos acostumbrándolos a odiar a quienes son diferentes?
En una sociedad empeñada en dividirnos, amar también significa tener el valor de decir no al odio, venga de donde venga. Porque al alzar la mirada reconocemos al otro como hermano, y porque el amor al prójimo no es una opción secundaria de nuestra fe: es su esencia.














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