Conmemoramos el 150 aniversario del Sistema Preventivo y, con este sencillo artículo, comienzo una serie que quiere acompañaros durante en este curso uniendo dos de mis pasiones: Don Bosco y la filosofía. En ella quisiera releer algunas de las intuiciones que Don Bosco nos regaló con aquel pequeño opúsculo a la luz de algunos pensadores que nos ayudan a comprender nuestro mundo. Con humildad os presento este primer artículo.
Vivimos en una época en la que nunca habíamos estado tan conectados. Podemos comunicarnos inmediatamente con alguien que está al otro lado del mundo, compartir nuestra vida en redes sociales o mantener conversaciones constantes a través de una pantalla. Sin embargo, esta hiperconexión no parece habernos hecho necesariamente vivir más cerca los unos de los otros.
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, en En el enjambre, afirma que «la hipercomunicación consecuencia de la digitalización nos permite estar cada vez más interconectados, pero la interconexión no trae consigo más vinculación ni más cercanía». Qué paradoja: podemos estar y vivir hiper-conectados y, al mismo tiempo, podemos experimentar soledad y aislamiento.
Frente a esta realidad, el pensamiento del filósofo francés Emmanuel Mounier nos ilumina al recordarnos algo que a mí me ayuda mucho para comprenderme como ser humano: la persona es un ser en relación. No nos construimos al margen de los demás, sino en el encuentro, en la apertura y en el compromiso con otros. Si somos seres relacionales y la hiperconexión no garantiza por sí misma una verdadera relación, aparece una pregunta que, como educador, no puedo evitar: ¿cómo favorecer hoy espacios de auténtico encuentro?
Mi respuesta, inevitablemente, vuelve a Don Bosco. Cuando leo el Sistema Preventivo, hay una palabra que me resulta muy actual: “presencia”. Don Bosco contrapone el sistema represivo, basado en la distancia y el castigo, a una manera de educar que exige que el educador esté entre los jóvenes, acompañándolos, aconsejándolos y previniendo el error desde la cercanía y la confianza. Pero estar presente no significa simplemente estar físicamente en el mismo lugar. Podemos estar sentados junto a alguien y encontrarnos afectivamente a kilómetros de distancia. Podemos compartir espacio, pero “no estar presentes”. Podemos vernos on line todos los días y ser unos verdaderos desconocidos. La verdadera presencia nos exige algo más: escucha, mirada, conocimiento, acompañamiento y hacer sentir al otro que me importa.
Recuerdo que, durante mi primer año como aspirante salesiano, en la oración vespertina que rezábamos los sábados con los niños del centro juvenil Porta Oberta de Burriana, en Dinamita Verde, había una frase que siempre me llamó la atención y que recuerdo con cariño: «Que nadie entre nosotros se sienta solo y sin amigos». Hoy pienso que aquella sencilla oración decía mucho más sobre el Sistema Preventivo de lo que entonces podía comprender. Porque educar es crear espacios donde cada persona pueda sentirse acogida, reconocida y acompañada.
Aquí aparece un desafío actual en esta era digital. Don Bosco no podía imaginar las redes sociales, los teléfonos inteligentes ni los nuevos espacios digitales en los que hoy se desarrolla buena parte de la vida de nuestros jóvenes. Pero sí comprendió algo que permanece plenamente vigente: para educar hay que hacerse presente en la vida de cada joven.
Por eso no creo que la respuesta sea demonizar la tecnología. El mundo digital forma parte de la vida de nuestros jóvenes (también de la nuestra). Allí también hablan, juegan, crean vínculos, sufren, buscan reconocimiento y construyen su identidad. Si queremos acompañarlos, necesitamos comprender también ese mundo. El patio salesiano se ha ampliado. Hoy tiene nuevos espacios y lenguajes. El reto no consiste en elegir entre presencia física y presencia digital, sino en aprender a estar verdaderamente presentes allí donde están los jóvenes.
En este contexto, nuestra tarea como educadores en la era digital es mostrar a los jóvenes a conectarse de verdad, a mirar al otro, a escuchar, a cuidar una amistad, a pedir ayuda y a estar disponibles a echar una mano para quien tenemos cerca. Eso, en el fondo, no es una novedad para quienes seguimos a Don Bosco quien estaba convencido que la presencia transforma pues como me decía siempre un buen salesiano: “Los chavales son mejores si estamos”.
Han pasado 150 años. El mundo ha cambiado radicalmente. Pero curiosamente seguimos necesitando lo mismo: educadores que estén, que acompañen, que hagan sentir a los jóvenes que su vida importa y les recuerden que Dios tiene un camino para cada uno de ellos. De esto hablaremos otro día.











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