Queridos amigos y amigas, el Diccionario de la Real Academia Española nos indica que, en el lenguaje coloquial, cuando decimos que algo está “hasta en la sopa” es que aparece por todas partes, que se repite tanto y con tanta insistencia que termina por saturarnos. Como se dice, lo poco gusta, y lo mucho cansa, y cuando se abusa de cualquier cosa, por mucho que nos agrade o nos parezca interesante, termina cansando y perjudicando, porque los excesos son negativos en todo.
En estas semanas, si cabe algo más, estamos poniendo encima de la mesa la hiperpolitización que sufre España desde hace tiempo en diálogos, redes sociales, medios de comunicación, salas de profesores, de animadores y hasta nuestras propias comunidades salesianas.
La política ha dejado no tiene nada de arte de gobernar y todo de ejercicio permanente de distracción. Quienes detentan el poder ascienden hablando de problemas que no existen, de debates importados o artificiales, de causas abstractas que no afectan a la vida cotidiana de quienes les votan. En España, este vicio alcanza una intensidad particular: se gana el poder no por la capacidad de gestionar lo real, sino por la habilidad para agitar lo imaginario. Gobernantes elegidos por hablar de ficciones acaban produciendo desastres reales.
Anton Jäger es profesor de Historia de las Ideas Políticas y Teoría Política en la Universidad de Oxford. Colaborador habitual del New York Times y de la New Left Review. Leyendo algún artículo suyo nos dice: “las sociedades contemporáneas están experimentando una erosión continua de las estructuras organizadas: sindicatos, partidos políticos, asociaciones, pero también instituciones religiosas.”
La hiperpolítica designa precisamente esta situación: un nivel de politización muy elevado, pero poco estructurado y poco institucionalizado. Esto se aplica tanto a la izquierda como a la derecha. Sin embargo, esta politización es en cierto modo problemática y no somos conscientes.
Gran parte de esta actividad política es extremadamente difícil de institucionalizar. Le cuesta transformarse en un poder colectivo duradero, capaz de modificar las relaciones de poder, tanto a nivel estatal como económico.
Estamos viviendo movilizaciones impresionantes y masivas en muchos países. Hoy en día parece más fácil —sobre todo en la izquierda, pero no solo— movilizar rápidamente a un gran número de personas. Cristalizar esta energía en estructuras duraderas, capaces de actuar a largo plazo y de transformar la movilización en decisiones políticas efectivas, resulta mucho más difícil. Los Chalecos Amarillos son un ejemplo emblemático: se trata de una movilización de una magnitud notable, pero que ha rechazado explícitamente cualquier institucionalización, por lo que solo ha dejado un legado organizativo limitado. ¿qué produce un espacio público que se convulsiona periódicamente, atravesado por debates intensos y fuertemente polarizados, sin una capacidad clara para transformar esta conflictividad en políticas públicas? ¿A dónde nos lleva esto?
Tansformación de la atención
Vivimos en un régimen marcado por una transformación de la atención y de lo que podríamos llamar la economía libidinal. Numerosos dispositivos culturales y tecnológicos alimentan la idea de que los problemas pueden resolverse rápidamente, que la satisfacción —material, emocional, sexual, simbólica— es inmediatamente accesible. Las autoridades colectivas que servían de pantalla entre el individuo y la gratificación han desaparecido en gran medida.
Hoy en día, la situación se ha invertido. El individuo dispone de una capacidad supuestamente ilimitada para expresar sus necesidades, sus identidades, sus deseos, precisamente porque esas instituciones intermedias se han derrumbado. Pero le faltan los marcos colectivos que le permitan traducir esas expresiones en acciones eficaces.
Ante un problema masivo —violencia policial, desigualdades, crisis climática—, el deseo de transformación es inmediato. Se puede movilizar, tuitear, lanzar una campaña, llegar a miles de personas en pocas horas. Pero la realización de este deseo requiere tiempo, paciencia, trabajo institucional, elementos incompatibles con la inmediatez afectiva dominante.
En mi opinión, esta es la expresión más clara del nuevo régimen afectivo de la hiperpolítica: una intensidad máxima del deseo de cambio combinada con una incapacidad casi total para llevarlo a cabo. Como bien saben los políticos demagogos, en tiempos polarizados no se vota con la cabeza ni con la billetera. Se vota con las vísceras.
La política, que antes era una parte más de nuestras vidas, ahora lo tiñe todo. Alguna encuesta nos dice que tener opiniones políticas divergentes es motivo terminante para no entablar una relación de pareja con alguien.
En un artículo reciente en El País se nos indicaba lo siguiente: “la polarización no solo condiciona las relaciones afectivas, ya sean de amistad o de pareja. Ha invadido por completo la cotidianidad. Si hablamos de cine, existen películas de derechas y otras de izquierdas. Ver, por ejemplo, Top Gun o Maverick o Sound of Freedom se considera de fachas. Mientras que las obras de Almodóvar y los Javis son progresistas. De hecho, no se juzga si la peli es buena o mala, se juzga por el mensaje que se le atribuye.”
La polarización alcanza otros muchos ámbitos como la ciencia (cambio climático sí o no), la medicina (eutanasia y aborto sí o no), el deporte, la música, el arte y, por supuesto, el periodismo. Todo el mundo debe tener necesariamente un color, una bandera. Ocurre incluso en terrenos tan aparentemente ajenos como la gastronomía y se manifiesta en boicots a productos de tal o cual país, o en dejar de comer quinoa, soja o aguacate por su impacto ambiental. Si a esta deriva añadimos el fenómeno de las redes sociales, que hacen de altavoz al tiempo que obligan a tomar postura premiando las más extremas y controvertidas, ya tenemos la tormenta perfecta.
El término ‘hiperpolitización’ lo acuñó el filósofo alemán Peter Sloterdijk con esperanza y concordia la llegada del siglo XXI. Premonitoria la visión de Sloterdijk, que ya entonces anticipó que íbamos «hacia un mundo en el que las redes y los medios crearían un estado de alarma permanente que obligaría a posicionarse». «Paradójicamente –argumentó él–, cuando todo es político, la política pierde capacidad de acción. Antes politizar era organizar, crear un partido, un sindicato, algún tipo de estructura. Ahora es solo visibilizar, denunciar, cancelar, iniciar un trending topic». Y en este río revuelto de hiperpolitización general son varios los movimientos, de un signo y otro, que intentan pescar. Es tan fácil.
Se vota con las vísceras, por lo que conviene crear un antagonista, un enemigo a combatir y a quien culpar de todo lo que ocurre. Para los de izquierda son los fascistas; para la derecha, los emigrantes. Y en esa tramposa dicotomía nos movemos todos, obligados a elegir bando, nos guste o no.
Salesianamente hablando, creo que tenemos que ser conscientes de la realidad, y ser críticos con la misma. Queremos que nuestros destinatarios/as tengan un pensamiento crítico y para ello educamos. Nos queda el reto que nosotros educadores/as, salesianos/as, seamos capaces de ser críticos en nuestras salas de profesores, de educadores, de animadores y en nuestras comunidades.
Porque yo, “estoy hasta el gorro” de tanta sopa de izquierdas y derechas.




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