Ante un contexto global marcado por la incertidumbre y la ley del más fuerte, el mensaje cristiano de Juan 10:10 ofrece una alternativa de vida en abundancia frente a la destrucción. Esta perspectiva invita a una renovación espiritual profunda, enfocada en vivir con dignidad y compromiso la Vida plena, la cual se materializa en el prójimo y en la superación de los obstáculos cotidianos.
La gente que gobierna países de este mundo están optando por la ley del más fuerte para dirimir sus asuntos, en detrimento de la colaboración y del derecho internacional. Además, alguno lo hace en nombre de Dios ¿Qué Dios?
El Papa León XIV, en su mensaje de Pascua del 5 de abril de 2026, hizo un llamamiento urgente a la paz en un mundo marcado por la violencia y el egoísmo. Su mensaje central enfatizó que la verdadera paz no se logra mediante la imposición de las armas, sino a través de una transformación profunda del corazón y el diálogo sincero. Ha denunciado la «indiferencia» que alimenta los conflictos actuales, instando a las naciones a buscar la diplomacia y el encuentro en lugar del dominio sobre los demás.
La exposición constante a conflictos bélicos a través de los medios ha generado fenómenos psicológicos y sociales como la fatiga por compasión y la anestesia social.
La empatía sin límites tiene un precio. Lo saben los sanitarios, educadores, psicólogos y hasta los buenos amigos. Cuando uno se expone diariamente al dolor ajeno, es posible que acabe sufriendo una serie de procesos psicobiológicos que desgasten su capacidad de vinculación emocional. De algún modo, la exposición al trauma, propio o ajeno, va conduciendo al individuo hacia la habituación, y en el peor de los casos, hacia la indiferencia. Lo veo todos los días en muchos de nuestros chicos y chicas.
Hace poco leía un artículo de Jorge Ratia que indicaba que las generaciones millennial y posteriores han crecido en un ecosistema mediático marcado por la saturación informativa. Nunca antes habíamos estado tan expuestos a relatos tan explícitos de crisis globales: guerras, catástrofes climáticas, emergencias humanitarias… La cantidad de estímulos emocionales es tal que el propio sistema nervioso difícilmente puede procesarlos todos. Hubo un tiempo en que una simple fotografía podía detener el mundo. Hoy, las imágenes de ciudades arrasadas atraviesan la pantalla con la misma fugacidad que un anuncio de zapatillas. Hemos aprendido a convivir con el dolor, a administrarlo, a dosificarlo hasta volverlo soportable.
Cada vez más investigaciones analizan la evasión de noticias como una posible consecuencia de la sobrecarga informativa. Algunos estudios muestran que las emociones negativas que generan las noticias pueden provocar dos reacciones aparentemente opuestas. Por un lado, muchas personas quedan «atrapadas» en el consumo compulsivo de información y, por otro lado, cuando la carga emocional se acumula, ese mismo malestar puede llevar a evitar determinados temas o incluso a desconectarse por completo de la actualidad.
Esto podría ser problemático porque las democracias contemporáneas se sostienen en la idea de que somos capaces de preocuparnos por personas que no conocemos. Si la exposición constante al desastre erosiona esa preocupación, el problema trasciende lo psicológico y alcanza lo político. Por eso, la fatiga empática puede afectar a la disposición colectiva a sostener compromisos largos y costosos, ya sean políticas climáticas, la acogida de refugiados o los procesos de reconstrucción tras una guerra.
Sobre esta cuestión, la filósofa Martha Nussbaum ha insistido en que las emociones no son necesariamente irracionales, pues contienen juicios implícitos sobre lo que valoramos. Si dejamos que la saturación mediática erosione nuestra sensibilidad, aparte de cambiar nuestro estado de ánimo, también reconfigurará nuestro esquema moral. Lo que antes nos parecía intolerable, poco a poco se integra en nuestro paisaje de lo cotidiano.
Bajo un paradigma sociopolítico en el que el sufrimiento circula a una velocidad inédita, la empatía y la compasión corren el riesgo de agotarse antes de convertirse en compromiso. La cuestión en estos tiempos, entonces, es plantearse cómo preservar una sensibilidad capaz de sostener la responsabilidad colectiva. Si el dolor ajeno deja de interpelarnos corremos el riesgo de normalizar lo que debería seguir resultándonos insoportable.
Yo me niego a ello, hay que seguir sensibilizando.




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