«Ante la exclusión, trabajo decente» es el lema que la iniciativa Iglesia por el Trabajo Decente —formada por Cáritas, CONFER, la HOAC, Justicia y Paz, la JEC y la JOC— ha elegido para la Jornada de este año. Su mensaje es claro: hoy, tener un empleo ya no garantiza una vida digna.
Los alquileres suben más deprisa que los salarios y la temporalidad se encadena. Según los datos que difunde la iniciativa, la edad media de emancipación en España alcanza los 30,2 años, y solo el 31 % de las personas de 18 a 34 años vive de forma independiente sin ayuda familiar. «Cuando el derecho a la vivienda se subordina a la lógica especulativa, el trabajo pierde su capacidad de sostener una vida digna», recoge su manifiesto.
Para visibilizarlo, las organizaciones celebran este miércoles actos públicos en distintas ciudades con una imagen sencilla: una llave. El trabajo decente debería ser la llave que abre el acceso a una casa, a la protección social y a un proyecto de vida propio. Es la misma metáfora que recorría el número 66 de la revista En la Calle, «Jóvenes, llave y futuro».
Un contrato firmado en un taller de Turín
La preocupación por el trabajo digno de los jóvenes forma parte de la historia salesiana desde sus inicios. En noviembre de 1851, Don Bosco se sentó en el despacho del maestro vidriero Carlo Aimino para firmar el contrato de aprendizaje de uno de sus muchachos, Giuseppe Bordone. En febrero de 1852 firmó otro con el carpintero Giuseppe Bertolino.
En aquellos papeles, el patrón se comprometía a enseñar el oficio, a no encargar al aprendiz tareas ajenas a él, a respetar los días festivos, a corregirle «como un buen padre», sin malos tratos, y a pagarle un salario que crecía cada año. En un Turín donde los muchachos trabajaban sin contrato ni descanso, era una forma muy concreta de defender su dignidad.
«No basta con exaltar la libertad individual o la iniciativa privada, si después se acepta que una multitud de personas siga viviendo sin un trabajo digno, sin tutelas y sin acceso a los bienes fundamentales». — León XIV, Magnifica humanitas, n.º 58
De las aulas de FP a los pisos de emancipación
Esa intuición sigue viva hoy en las presencias salesianas de España, de muchas formas.
En las aulas. Los Salesianos cuentan con 56 centros de Formación Profesional, con cerca de 18.000 alumnos, y una apuesta especial por la FP de Grado Básico para quienes necesitan una nueva oportunidad. Es un trabajo que la Conferencia Episcopal acaba de reconocer con el Premio Stella. Los centros, además, tejen alianzas con las empresas para que esa formación se convierta en empleo, como el acuerdo de Salesianos Atocha con la industria del metal de Madrid.
En las plataformas sociales. Las entidades sociales salesianas acompañan a quienes tienen el camino más difícil en las Escuelas de Segunda Oportunidad; con la orientación e intermediación laboral; a través de programas para jóvenes migrantes, para mujeres o para personas que salen de prisión; en y con empresas de inserción.
Solo la Fundación Don Bosco registró en 2025 más de 3.300 inserciones laborales.
En la vivienda. Como el trabajo y la casa van juntos, muchas de estas entidades sostienen pisos de emancipación para jóvenes que empiezan su vida independiente, a menudo sin una familia que les respalde.
Con motivo de la Jornada, las Plataformas Sociales Salesianas han publicado el manifiesto «Trabajo decente: la llave de una vida digna». En él reclaman empleo estable, salarios acordes al coste de la vida y vivienda asequible, y se comprometen a seguir acompañando cada itinerario. Algunas presencias de la Familia Salesiana, como FISAT o la Fundación Mornese, figuran además entre las entidades adheridas a Iglesia por el Trabajo Decente.
Más de 170 años después de aquel contrato en el taller de un vidriero, la pregunta sigue siendo la misma que se hizo Don Bosco: no solo si un joven tiene trabajo, sino si ese trabajo le permite crecer y construir su vida.











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