Unas palabras improvisadas que retomaban lo que había subrayado, justo antes, en su homilía tras el rezo del rosario en la abadía benedictina. Poniendo de modelo a Jesús, que “muestra el camino de la misericordia”, abogó por desenmascarar “la violencia que puede esconderse en nuestras palabras y actitudes”, e invitó a “reconocernos hermanos y hermanas, donde nadie quede excluido”.
Constructores de unidad frente a la polarización
La llamada a la unidad estuvo presente desde sus primeras palabras, el martes 9 en la catedral de Barcelona, tras aterrizar para comenzar su periplo catalán. Retomando unas palabras de san Juan Pablo II, reivindicó a quienes “se entregan para construir armonía y comunión más allá de toda polarización”. Un encargo de calado en el momento actual, recordando que, para la Iglesia, “trabajar juntos no es una elección de estilo, sino una necesidad fisiológica”. En ese contexto animó a ser constructores de unidad, concordia y paz, ante la situación de “guerras y divisiones en una sociedad cada vez más fragmentada e individualista”.
Búsqueda de sentido en tiempos de incertidumbre
En la vigilia del Estadio Olímpico, celebrada esa misma tarde, pidió construir una sociedad en la que “la salud mental se ve cada vez más amenazada”. El papa vinculó ese malestar a una cultura centrada en el rendimiento, la productividad y la imagen. Alertó contra una sociedad que empuja a las personas a «producir siempre y ser vencedores» y reivindicó la necesidad de recuperar espacios de silencio, interioridad y búsqueda de sentido.











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