Fue la solemne celebración de la eucaristía, presidida por el Rector Mayor, Fabio Attard, en la Capilla de la Comunidad Salesiana en Roma el 24 de junio, la que abrió de la manera más auténtica y significativa la Fiesta de la Gratitud del Rector Mayor por la comunidad de la Sede Central y por las casas salesianas de Roma.
En el día de la Natividad de san Juan Bautista, fecha que desde los tiempos del Oratorio de Valdocco coincide con el onomástico de san Juan Bosco, la comunidad salesiana se reunió en torno al Sucesor de Don Bosco en un clima profundamente familiar y fraterno. Una celebración sencilla en el estilo, pero intensa y solemne en la participación, que puso toda la jornada bajo el signo de la gratitud y de la comunión.
Junto a don Attard fueron recordados y celebrados también varios de sus hermanos de la Sede Central y de las comunidades directamente confiadas al Rector Mayor, que celebran significativos aniversarios de profesión religiosa o de ordenación sacerdotal: un signo más de cómo la gratitud personal se inserta siempre en el más amplio reconocimiento por la fidelidad vocacional vivida en el tiempo.
“La mano del Señor estaba con él”
La homilía del Rector Mayor ofreció una clave espiritual profunda para comprender no solo la figura de Juan Bautista, sino también el camino de Don Bosco y, hoy, el de la Congregación.
Tomando como referencia los versículos del Evangelio de Lucas –“¿Qué llegará a ser este niño? Porque la mano del Señor estaba con él… El niño iba creciendo y se fortalecía en su espíritu; y vivió en lugares desiertos hasta el día en que se manifestó a Israel” (Lc 1,66.80)– don Attard destacó cómo toda auténtica vocación nace de la iniciativa de Dios. “La mano del Señor –subrayó– precede, acompaña y envía”.
La misión no nace de un proyecto humano ni de un talento personal, sino de una llamada que viene del Otro. Así fue para el Bautista, así para Don Bosco: su identidad más profunda brotó de una elección divina que los precedió y los sostuvo también en las pruebas.
Crecer en el tiempo: la gracia de unidad
El Rector Mayor recordó luego el proceso de crecimiento integral descrito por el evangelista Lucas: un crecimiento en el cuerpo y en el espíritu, en la naturaleza y en la gracia. La santidad –recordó– no es un salto fuera del tiempo, sino una maduración en el tiempo.
Refiriéndose explícitamente a Don Bosco y al artículo 21 de las Constituciones Salesianas, retomó el tema de la “gracia de unidad”, esa síntesis armónica entre profundidad humana y profundidad espiritual que hace fecunda la misión. Sin un terreno humano sólido –hecho de humildad, escucha, silencio y paciencia– ningún carisma puede arraigarse y perdurar.
El desierto: condición para la fecundidad
El pasaje más incisivo de la homilía estuvo dedicado al tema del desierto, entendido, no como un lugar geográfico, sino como una categoría teológica: espacio de purificación, esencialidad, escucha de lo esencial.
“¡Qué lección para nosotros hoy! –afirmó con fuerza–. ¿Cuántas propuestas y proyectos pastorales fracasan porque no se ha respetado el tiempo del desierto? ¿Cuántos hermanos pierden profundidad porque el silencio ha sido sustituido por el activismo, la interioridad sustituida por la eficiencia?”.
El desierto del Bautista y las pruebas de Don Bosco se convierten así en una llamada para la vida salesiana de hoy: redescubrir la calidad interior auténtica, aprender a permanecer en la espera sin desesperar, en el ocultamiento sin olvidar que precisamente allí la misión está madurando. “De la calidad del silencio que precede a la palabra –concluyó– depende la consistencia de la palabra anunciada”. Solo una voz formada en la escucha puede resonar con fecundidad.
Un mensaje para toda la Congregación
La celebración eucarística dio así el tono a toda la jornada de fiesta: no solo un homenaje afectuoso al Sucesor de Don Bosco, sino una renovada entrega de la misión salesiana a la “mano del Señor” que guía la Congregación.
En el clima de oración y fraternidad vivido durante la mañana, el mensaje apareció claro: la clave mística de la vida salesiana es preparar la misión en el silencio de la unión con Dios, porque solo aquello que madura en lo oculto puede volverse fecundo para los jóvenes.
La fiesta continuó por la tarde con momentos de homenaje, la academia en el teatro de la obra y la oración de las vísperas; pero es en la eucaristía de la mañana donde la comunidad encontró su fuente y su orientación: gratitud, comunión y renovada fidelidad a la misión.
El origen histórico
La festividad se remonta a 1849 en los patios del Oratorio de Valdocco (Turín). Dos jóvenes internos muy pobres, Carlos Gastoni y Félix Reviglio, ahorraron en secreto durante meses privándose de sus pequeñas propinas. En la víspera de San Juan, le regalaron a Don Bosco dos corazones de plata como muestra de cariño tras haberse recuperado de una grave enfermedad. Al año siguiente, todo el oratorio institucionalizó la costumbre, transformándola en una gran fiesta de agradecimiento que se expandió por todo el mundo.











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